Del libro «Creencias de Dañan. Creencias que Sanan», del Doctor Julio Herrero Lozano.

PRESENTACIÓN DE LAS CREENCIAS

Las creencias no se basan en ninguna demostración, ni lógica ni experimental, pero gozan de sus mismas capacidades en cuanto a regir el rumbo de los pensamientos y las decisiones. Éstas se han ido extendiendo desde la infancia y han llegado a ocupar una vasta región dentro del bosque mental.

 

Creer es dar por cierto algo que no ha sido demostrado con la experiencia ni con razonamientos lógicos, de lo que no se tienen pruebas suficientes para afirmarlo y, sin embargo, uno cree que es así. Esta definición coincide con la del diccionario: “tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza, que no está comprobado o demostrado”.

 

Por ejemplo, hubo una época en que se creyó que la tierra era plana. Luego surgió la creencia de que la tierra podía ser redonda. Hasta que alguien lo experimento, dio la vuelta al mundo y volvió al punto de partida; en la actualidad, no queda ninguna duda, es una certeza: «El conocimiento seguro y claro de algo«.

 

Hemos constituido las creencias sobre la base de nuestra experiencia a lo largo de la vida. Otras nos las transmitieron en la primera infancia aquellas personas que más nos quisieron y nos dieron lo mejor que tenían. Pero entre el grano se encontraban las semillas de las malas hierbas: junto a los criterios de desarrollo iban mezcladas las bases del sufrimiento y la manipulación. Hicimos esas creencias nuestras, y ahí continúan sin actualizar.

 

Algunos de los factores que contribuyen a la conservación de las creencias son la autoridad, confianza y dependencia respecto de la persona que nos la transmitió, así como la temprana edad de su incorporación. Así, son más fuertes las que proceden de la infancia: cuanto más temprana es la creencia, mayor confirmación ha tenido en la experiencia, por lo que se va haciendo más poderosa, hasta transformarse en “pseudo convicción” por repetición en el tiempo.

 

Las creencias que conllevan sufrimiento se enraízan con mayor profundidad que aquellas otras que son origen de satisfacción. Lo relacionado con la supervivencia, sea real o imaginario, se graba de manera más penetrante que lo aprendido con disfrute. Esto por una cuestión biológica, pues para el humano y sobre todo para el niño, lo más importante es mantener la vida y todo lo relacionado con ello.

 

Pienso según creo

Cuando una creencia dice que algo no es posible, suelo considerar que es imposible. Las creencias son ideas que originan pensamientos, matrices de otros pensamientos. Cuando tengo una creencia mi experiencia posterior la confirma y construyo mi criterio respecto al mundo con arreglo a ella, a su alrededor se forma una capa de pensamientos derivados de ella. 

 

A medida que transcurre mi vida, cada una de estas ideas se transforma en una creencia secundaria que, a su vez, da lugar a nuevos pensamientos, para formar una segunda capa. Cada uno de éstos se convierte en una nueva creencia de tercer orden o terciaria, sin conexión aparente con la original; así continua el proceso de forma sucesiva con las de cuarto nivel.

 

Podemos representarlo como una estructura similar a una cebolla. Si la cortamos de través tiene un centro que es el núcleo, la creencia original, y una serie de capas concéntricas constituidas por pensamientos de similar energía. Aquellas tienen una antigüedad parecida y han sido confirmados en la experiencia durante un periodo de tiempo semejante. Estas capas son de energía decreciente hacia el exterior: a medida que nos separamos del núcleo los pensamientos son menos potentes y más aceptables socialmente.

Capas de creencias

El germen de la creencia está en el núcleo, donde se concentra toda su energía, de manera que, si se observa desde fuera, no se ve este centro, solo se percibe la cáscara, la capa externa más socializada. Solemos evitar el núcleo porque, si entrásemos en contacto con él, nos daría una descarga emocional. Cuando alguna vez ocurre así, se produce una emoción desagradable tan intensa que nos descontrolamos, podemos llegar a quedarnos paralizados por la angustia, a tener una tristeza profunda, a huir o pelear. 

 

Toda descarga emocional se produce por haber contactado con el núcleo cargado de una creencia, con su raíz. Nuestras creencia erróneas o inadecuadas actuales se han mantenido a lo largo de la vida por esa protección que nos ha permitido socializar la creencia, mantenernos con ella y seguir viviendo sin pelearnos de manera continua con el entorno.

 

El sistema de creencias es complejo; la mayoría son adecuadas porque las hemos elegido al basarnos en la propia experiencia. Muchas de las que nos transmitieron también son correctas y nos permiten seguir avanzando. Sin embargo otras no las hemos elegido, las recibimos de nuestros educadores, las aceptamos sin criticarlas ni revisarlas con la práctica y aunque sean erróneas las mantenemos.

 

Al profundizar hacia la raíz de nuestros pensamientos inadecuados, más allá de las ideas irracionales, casi todos llegamos a alguna de estas dos creencias: “si me rechazan, como soy frágil, me muero”, y “Soy malo, no valgo”, a su vez origen de las cuatro Creencias Dañinas Básicas, que son fuente habitual de sufrimiento en nuestra cultura y que, en general, forman la segunda capa de esta estructura dolorosa.

 

CREENCIAS DAÑINAS BÁSICAS (C.D.B)

RECHAZO Y ABANDONO: MIEDO A LA SOLEDAD 

La idea básica “si me rechazan, como soy frágil, me muero” tiene dos ramas: “me considero débil, vulnerable” y “si me dejan solo me muero”. Ambas C.D.B tienen una base real en nuestra experiencia infantil. El problema surge si de adultos seguimos creyendo que son ciertas, cuando solo lo fueron en la infancia.

 

El miedo al abandono o al rechazo tiene su origen en el temor a la soledad no deseada “Si me dejan solo, me muero”. De hecho hay personas capaces de cualquier cosa con tal de conseguir compañía, para no sentirse solos pueden soportar los tratos más inhumanos.

 

Esa idea básica se encuentra de forma habitual detrás de la angustia. Cuando uno se siente rechazado, ignorado o despreciado es como si no lo viera nadie, como si no existiera, lo que despierta en él el recuerdo de la amenaza infantil a la que llamó “muerte social”. De este modo caemos en las dependencias y apegos, pues intentamos comprar compañía y seguridad para protegernos. Una de las formas de pretenderlo es acaparar propiedades y/o relaciones sociales.

 

VULNERABILIDAD Y DEBILIDAD

 Soy frágil, débil, vulnerable, ya sea en el aspecto corporal (poca fuerza, baja resistencia, predisposición a enfermedades o falta de aptitudes para afrontar peligros), o bien como fragilidad emocional o mental. Es fuente de inseguridad, origen de fobias y diversos tipos de ansiedad y angustia, por sí misma o en compañía de su hermano, el temor a la soledad.

 

Estas supuestas debilidad y vulnerabilidad nos impulsan a buscar seguridad para defendernos del exterior. Esto porque sentimos que con facilidad nos pueden dañar desde fuera, sin darnos cuenta de que cuanto más seguros, más aislados. Cuantas más medidas de protección, mayores dificultades para relacionarse con el mundo. 

 

FALTA DE VALÍA

Tiene su origen en la confusión entre la ignorancia y las escasas habilidades infantiles y la falta de valía y/o la maldad. Posee dos vertientes, “no valgo lo suficiente, no tengo cualidades o propiedades, soy inútil” y “soy malo”. 

 

La primera conlleva una baja “autoestima” pues su origen está en considerar la valía según lo que se hace y lo que se posee. Se puede encontrar en el origen de diversos procesos, como el “complejo de inferioridad”, la timidez, la vergüenza, el menosprecio o el desprecio (de uno mismo y de los demás), la falta de respeto y sentirse insignificantes o poco importantes.

 

En la falta de valía se basa el suceso habitual en terapia de alguien que sigue mal a pesar de saber cómo ponerse mejor. Cree que “no me merezco hacer el esfuerzo preciso para mi bienestar hasta que esté muy mal”. El ridículo y la vergüenza son el temor a que se note mi falta de valía; junto con su hermana, la maldad, son frecuente origen de angustia y sobre todo, ocasionan tristeza, depresión y enfado.

 

MALDAD Y CULPA

La maldad supone creer que estamos mal hechos, que somos defectuosos, seres malos por naturaleza o por elección, perversos respecto a nosotros mismos o a los demás. Es el origen de la culpa en uno mismo (el dañino sentimiento de culpabilidad) y de la inculpación hacia los otros.

 

“Somos y son culpables porque siendo libres hacemos cosas incorrectas por maldad, solo por hacer daño”: También se encuentra en la base de la idea de injusticia “me tratan de forma inmerecida e injusta, porque son malos” y causa, sobre todo, la emoción del enfado.

 

Maldad es sinónimo de egoísmo e ignorancia interpretados de forma errónea; llamamos malo a lo egoísta mezclado con más o menos ignorancia. 

 

MUERTE

Esas cuatro creencias, origen de nuestro sufrimiento, son como un “absceso mental”. Están relacionadas entre sí, se alimentan y mantienen unas a otras, se confirman e inducen mutuamente y todas están conectadas con un mismo núcleo, el temor a la muerte como disolución o desintegración del yo, no solo en forma de muerte física sino también como locura, castigo eterno, pérdida de la individualidad o del sentido del ser.

 

Creemos que si nos dejan solos vamos a morir o enloquecer; si somos débiles, frágiles, vulnerables, podemos morir con facilidad: la falta de valía es evidente que conlleva la muerte, pues lo que no vale se tira a la basura. La maldad está conectada con la muerte bien a través del abandono o por merecer el castigo eterno.

 

Cualquier pensamiento que conlleve sufrimiento está conectado con el temor a la muerte mediante un encadenamiento de ideas cuyas asociaciones no son lógicas. En las fobias puede haber una conexión entre un ascensor o una araña y la muerte, pues cuando una persona tiene este tipo de miedos, a lo que teme en realidad es a morir.

 

Estas ideas forman la capa más profunda del sistema de creencias distorsionadas y se retroalimentan de forma continua pues, no sólo están conectadas entre sí, sino que son la misma idea con cuatro expresiones distintas: “soy malo => no valgo => soy débil => me dejan solo => me muero”. Esa idea tiene dos partes, una con base real en la infancia “soy débil – me dejan solo => me muero”; la otra no tiene base real, es una creación social: “soy malo – no valgo => me muero”. 

 

Cada uno de nosotros se hace experto en una u otra forma de manifestación, y lo expresamos a través de angustia, tristeza, enfado, fobia o insatisfacción, aunque en realidad el origen de nuestro sufrimiento es el mismo.

 

El temor a la soledad y la vulnerabilidad procede de su asociación con el concepto de la muerte. Sus orígenes se hallan en la memoria ancestral, cuando vivíamos en tribus o clanes. En aquella época el rechazo por parte del grupo, el abandono o soledad forzada, era claramente una condena a muerte, bien por falta de alimento, o por caer en manos de los depredadores o de otras tribus.

 

LOS ORÍGENES ESTÁN EN LA MÁS TIERNA INFANCIA

Esta idea remota se ha visto confirmada en la experiencia personal de cada uno cuando fuimos niños, pues un bebé abandonado por sus cuidadores está condenado a muerte. Somos seres sociales no por capricho sino por necesidad para la supervivencia. En la infancia, la compañía y el amor son imprescindibles, no son preferencias, como la mayoría de las cosas que llamamos necesarias. Son una verdadera necesidad vital.

 

La falta de valía o inutilidad y la maldad, tienen su origen también en la infancia, pues de niños no sabíamos hacer las cosas, nos equivocábamos, nos costaba aprender, parecía que no valíamos para nada. A veces nuestra ignorancia nos hacía parecer malintencionados, y como se pretendía que hiciéramos o supiéramos cosas que no habíamos logrado aún, los adultos nos repetían a veces “niño, eres malo, eres tonto, no vales para nada”, al confundir la ignorancia con la falta de valía y nuestro impulso profundo e incesante de aprender y experimentar con maldad; llegando, quizás, a amenazarnos con dejarnos solos o no querernos.

 

Hemos inculcado a nuestros hijos, con la mejor intención y todo nuestro amor, “para su bien”, estas cuatro C.D.B. Se las reforzamos a lo largo de la infancia, adolescencia y juventud y, una vez bien instaladas en sus mentes, cedemos estos queridos vástagos a la sociedad, convertidos en seres dóciles y manipulables. El proceso se repite a lo largo de los tiempos, manteniendo las estructuras de poder sobre la base del sufrimiento que conlleva la C.D.B y las compensaciones que intentamos darles.

 

No es una crítica social, pues considero que el papel fundamental de los padres es lograr que el niño sobreviva hasta que pueda ser autónomo. El de la sociedad es facilitarle un nivel de desarrollo, desde donde pueda llegar a ser él mismo.

 

LAS COMPENSACIONES

Nuestra cultura nos enseña a identificar como verdaderas estas creencias y a mantenerlas sin resolver, paliando sus consecuencias con las compensaciones o aparentes soluciones, aprendidas por imitación de las personas que nos rodean.

 

FINGIR

Si crees que no vales o no tienes, oculta o finge para dar una imagen de perfección”, éste es el mensaje social. Las creencias de maldad y falta de valía no tienen base real en nuestra experiencia, son ficticias, suposiciones que nadie ha podido experimentar. Por eso sus compensaciones, bondad y perfeccionismo, sólo las podemos fingir.

 

Pasamos gran parte de la vida en el empeño de aparentar: ya que no lo soy o no lo tengo, por lo menos voy a fingirlo, a ver si me aceptan. Pero si sigo creyéndome malo, tonto, inútil…y además, tengo que seguir fingiendo para que no se me note, con lo que empeora la situación, pues requiere una gran inversión de esfuerzo.

 

Y al final del día, a solas, me digo: “sigues siendo el mismo inútil, no has conseguido valer ni un poco más; con todo el esfuerzo que has hecho y sigues igual de tonto”.

 

Fingir valía. Perfeccionismo

Fingimos perfección y utilidad, aparentamos valía mediante el perfeccionismo exagerado que consume gran parte de nuestra energía vital. También fingimos al hacer muchas actividades “muy bien”, al tener propiedades muy costosas para aparentar una mayor valía de la que consideramos poseer, sentirnos importantes, útiles, para que nos valoren o aprecien y así conseguir “mérito”.

 

Podemos distinguir esta forma de perfeccionismo dirigida hacia fuera, hacia los demás, de otras formas más internas, como la vanidad y la soberbia, con las que intentamos engañarnos a nosotros mismos en el acto fingido.

 

Cuando fingimos ser perfectos obtenemos menor sufrimiento o mayor seguridad en lugar de satisfacción gozosa, que incluso disminuye. Permanecemos estancados, inmaduros, nos dificulta crecer y desarrollarnos. “Lo mejor es enemigo de lo bueno”.

 

Fingir Bondad

Para ocultar nuestra supuesta maldad y perversión profundas simulamos bondad. Nos mostramos buenos, educados y serviciales (incluso de forma exagerada), con la mejor intención, pues creemos que hacer el bien a los demás es el objetivo de la vida y, si no nos sale de forma natural, lo aparentamos.

 

Pero así tampoco logramos satisfacción plena, gozosa, sino sufrimiento o satisfacción de baja calidad, pues enunciamos a hacer lo que en realidad nos apetecería. Ayudamos para evitar el supuesto peligro del rechazo en lugar de para disfrutar.

 

Se nos exige bondad sin permitirnos alcanzarla, nos enseñan a fingir desde que somos pequeños. Al obligarnos a dar nuestro cubito a otro niño, pretendieron que además lo hiciésemos con buena cara, cuando lo que queríamos sería darle una patada porque no conocíamos todavía el altruismo. Lo aceptamos para evitar el castigo o la pérdida del cariño de las personas que queríamos y necesitábamos, no porque surgiera de dentro.

 

Quizás en la edad adulta nos pueda aflorar algún acto de generosidad. Sin embargo los niños no están preparados para ello, por mucho que se lo impongamos no pueden hacerlo de forma natural. Así les enseñamos a fingirlo.

 

COMPRAR

También nos enseñaron a suplir aquello de lo que creíamos carecer comprando compañía y seguridad, que es otra forma de compensar y ocultar los problemas. Somos expertos en adquirir compañía y seguridad para compensar el temor a la soledad y a la debilidad. Aquellos sí tienen base real en nuestra experiencia, pues en la infancia experimentamos el peligro de la soledad, nuestra propia fragilidad y debilidad.

 

Como las consideramos carencias, intentamos paliarlas comprando compañía y protección en vez de fingirlas, porque podríamos simular que somos fuertes, pero es más creíble si pagamos a un guardaespaldas que nos proteja.

 

Fingir o comprar nos convierten en “personas”. Tanto en griego como en latín, esta palabra, persona, se usa para definir la máscara del actor en la representación teatral, el papel que representa. Son mecanismos diferentes: como existen personas poderosas, creemos posible “comprar” su compañía y protección; es la compensación del “necesito…”, “tengo que…”, origen de las dependencias y apegos.

 

En el caso de la maldad y la falta de valía lo único que podemos hacer es fingir no tenerlas a través de la compensación de “debo portarme bien, ser perfecto…” origen de las supuestas obligaciones. Nos convertimos así en “personajes”, actores que fingen sus vidas en vez de vivirlas. 

 

Comprar compañía

Intentamos comprar cariño y compañía: A nivel individual al tratar de ser muy eficientes en nuestro trabajo, al mostrarnos muy simpáticos, como “niños buenos” para aliviar el temor a la soledad, evitar al abandono, sentirnos aceptados y acompañados por los familiares y amigos más próximos. A nivel de grupo, nos metemos en una verbena con dos mil personas o en un campo de fútbol de otros ochenta mil espectadores, para buscar el amparo social.

 

Comprar seguridad. Seguridad externa.

Hemos aprendido a tener seguridad comprando seguridades, sin darnos cuenta de que éstas nos separan del entorno, nos aislamos, con lo que crece la soledad. Los dos extremos de la creencia se contradicen: salimos de la angustia al buscar seguridad y entramos en ella al aumentar el aislamiento. Además, las personas que han adquirido o comprado mucha seguridad externa se quejan del aburrimiento.

 

Intentamos comprar protección, seguridad externa frente al entorno: vamos a muchos médicos para estar muy sanos y no tener enfermedades. Pagamos a la policía para que nos defienda de los delincuentes y psicópatas que hay en una gran ciudad y al ejército para que nos proteja de los enemigos que puedan venir por tierra, mar y aire… Conseguimos seguridad a un precio muy alto, pues cuando la adquirimos del exterior, pagamos con satisfacción, cuanto más seguras son las situaciones, menos gratificantes.

 

Lo más eficaz sería esconderse en casa, metidos en la cama, pues en cuanto salimos a la calle aumenta el riesgo; pero metidos en la habitación tenemos menos posibilidades de disfrutar. Y así, tenemos que conseguir bienes materiales y cuidarlos porque no se cuidan solos; si construimos una fortaleza tenemos que revisarla con frecuencia pues se le pueden caer las rejas. Hemos de invertir gran cantidad de energía y tiempo, disfrutamos menos porque llevamos la angustia encima.

 

Una forma de comprar seguridad externa es la búsqueda de poder, como al acaparar dinero, propiedades e información. Otras, como crear discordia en el entorno “divide y vencerás”, inducir en los demás supuestas necesidades y obligaciones, devaluarlos para que “necesiten” nuestra protección, sembrar miedo y temor a nuestro alrededor…

 

EN RESUMEN

Manipular de las más diversas formas nos sirve para sentirnos poderosos y seguros, tanto a nivel individual como colectivo (multinacionales, gobiernos, naciones, partidos políticos). Por eso la escalada de poder no tiene fin ya que, al ser buscada en el exterior, nunca colma la necesidad de seguridad.

 

Antes o después uno se da cuenta de que conseguir seguridad del exterior es un objetivo inalcanzable, que no podrá lograrla de forma completa. Siempre persistirá algún riesgo porque es imposible eliminar todo el peligro físico, la posibilidad de enfermedad o de agresión de cualquier tipo.

 

Entonces, dependemos de lo demás de forma continua porque nuestros intentos para resolver estas creencias se encaminan a compensarlas, no hacia donde está su origen. Estas soluciones que intentamos se dirigen hacia fuera, son engaños, pero como no sabemos hacer otra cosa, seguimos repitiéndolos porque, al menos, sobrevivimos. De esta forma nos encontramos mal pero al menos seguimos vivos.

 

Sin embargo, comprar o fingir no son incorrectos o malos en sí mismos. Son estructuras válidas en la infancia, que en la vida adulta sirven como medidas transitorias, para salir del paso. El problema surge cuando nos quedamos en esos comportamientos de forma continua. Las compensaciones son medios de desarrollo social que nos permiten estar un poco mejor, para poder llegar a soluciones de mayor bienestar.

 

SOLUCIONES EFICACES: LAS CREENCIAS SALUDABLES

Se puede conseguir cambiar una creencia negativa, poniéndola en duda. Los antídotos de las creencias dañinas básicas son los siguientes: Autosuficiencia, seguridad interior, valía por ser y egoísmo (puedes leer mi articulo «El desarrollo en el egoísmo del ser humano (desde el egoísmo al amor)

 

Intentamos eliminar el sufrimiento al evitar las situaciones que consideramos lo producen pero, paradójicamente, esa es la trampa que lo mantiene. Evadir, esconder, ocultarnos no solucionan el problema, solo lo aplazan y a veces lo agravan, pues la forma de resolver es afrontar, ir al núcleo. Lo primero es llegar a la creencia, permitirnos ponerla en duda y recurrir a la experimentación. Comprobar puede darnos certeza: si uno cree no valer, primero admite esa posibilidad, luego lo pone en duda y después empieza a confrontarlo con su experiencia. ¿De verdad no valgo?

 

Las compensaciones suponen una dificultad añadida, con ellas solo hacemos “cambios para seguir igual”. Para salir del sufrimiento precisamos abandonar ese intento de “solución” que se ha convertido en un nuevo problema. Por ejemplo, si creemos ser poco valiosos e intentamos resolverlo con la apariencia de perfección, al tener que demostrarlo de forma continua, esa solución se transforma en un nuevo problema. Seguimos creyendo que apenas valemos y además hemos de aparentar un perfeccionismo que nos cuesta mucha energía y ocupa mucho tiempo.

 

Si tenemos miedo a quedarnos solos e intentamos comprar compañía, creamos una estructura de protección a nuestro alrededor que será preciso desmontar para alcanzar el bienestar, antes de intentar resolver el miedo al rechazo. El trabajo consiste en llegar a descubrir a través de la actividad terapéutica las cuatro C.D.B y reconocerlas en nosotros, ponerlas en duda, atrevernos a renunciar a las compensaciones y confrontarlas con la realidad.

 

Se trata de experimentar en la práctica con sus verdaderos antídotos: autosuficiencia e independencia, seguridad interior, bondad desde el egoísmo, valía por ser para llegar a tener la vivencia de cualquiera de ellos. También las soluciones suelen estar interconectadas, y de este modo nos sentiremos a la vez autosuficientes, invulnerables y protegidos, buenos y valiosos.


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