APRENDIMOS A FINGIR SER OTRA PERSONA

Me gustaría compartir hoy contigo un concepto que es muy importante: la persona y el personaje. Nos enseñaron desde la infancia a ser “personas”, palabra que en su etimología procede del griego “prósopon” y del latin “persona-ae”. Estos términos denominan a las máscaras que se utilizaban en el teatro, con las que los actores se cubrían la cara, y el papel que estos representan.

 

El nombre está muy bien puesto, decimos que somos personas pues nos comportamos como “personajes”, actores con nuestras máscaras. Hemos aprendido socialmente a fingir ser otra persona, ocultar o aparentar, nos identificamos con ese papel que representamos. Sin embargo algunas veces se nos olvida que no somos ese papel. A veces no sabemos ni quién somos.

 

Tenemos un conglomerado de ideas y de pensamientos que nos han ido transmitiendo nuestros educadores y que hemos recogido de nuestro entorno social. Los medios de comunicación invasivos e infectantes nos llenan la mente de consignas que no nos corresponden. Por tanto, uno de nuestro trabajo terapéutico va a consistir en aprender cómo dejar de fingir ser otra persona para poder seguir nuestros propios criterios internos.

 

LAS CUATRO CREENCIAS DAÑINAS BÁSICAS

He comentado en otro artículo anterior el concepto de las Creencias Dañinas Básicas (C.D.B), esas cuatro ideas terribles que nos han transmitido en nuestra infancia nuestros educadores, las personas que más nos quisieron:

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esquema tomado de mi libro «Creencias que Dañan. Creencias que sanan.»

 

  • Temor a la soledad: el rechazo social
  • Vulnerabilidad: soy fragil, débil, vulnerable
  • Supuesta falta de valía: valgo poco
  • Maldad: Soy y somos malos por naturaleza y elección

 

Esas cuatro ideas se transmiten, se extienden desde hace miles de años, generando una base de sufrimiento, en esto que he llamado « la cultura del sufrimiento », que nos enseña a identificar como verdaderas estas creencias y a mantenerlas sin resolver, paliando sus consecuencias por las compensaciones o aparentes soluciones, aprendidas por imitación de las personas que nos rodean.

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Esquema tomado de mi libro «Creencias que Dañan. Creencias que Sanan.»

 

  • Comprar compañía y protección
  • Fingir bondad y perfeccionismo: es esa última en la que nos vamos a interesar.

 

FINGIR BONDAD Y PERFECCIONISMO

Si crees que no vales o no tienes, oculta o finge para dar una imagen de perfección”, éste es el mensaje social. Las creencias de maldad y falta de valía no tienen base real en nuestra experiencia, son ficticias, suposiciones que nadie ha podido experimentar. Por eso sus compensaciones, bondad y perfeccionismo, sólo las podemos fingir.

 

Pasamos gran parte de la vida en el empeño de fingir ser otra persona: ya que no lo soy o no lo tengo, por lo menos voy a fingirlo, a ver si me aceptan. Pero sigo creyéndome malo, tonto, inutil… y ademas, tengo que seguir fingiendo para que no se me note, con lo que empeora la situacion, pues requiere una gran inversion de esfuerzo. Y al final del día, a solas, me digo “sigues siendo el mismo inutil, no has conseguido valer ni un poco más. Con todo el esfuerzo que has hecho y sigues igual de tonto”.

 

FINGIR NO RESUELVE EL PROBLEMA DE FONDO

Estas compensaciones, aunque son útiles en las etapas infantiles, en los adultos constituyen con frecuencia un problema añadido. Si uno cree ser malo o tonto, al fingir ser bueno o listo no consigue mejorar. Simulando no se cambia, y puede llegar a la conclusion de que en verdad es muy malo y muy tonto.

 

Además, si alguna vez lograse mejorar, daría igual porque nunca llegará a ser lo bastante listo. Tendría que ser perfecto, el más sabio, y siempre habrá alguien mejor. En la práctica estas compensaciones son fuente de mayor frustración y sufrimiento, con lo que la creencia se confirma.

 

De esta manera, dependemos de los demás de forma continua porque nuestros intentos para resolver estas creencias se encaminan a compensarlas, no a resolver su origen. Estas soluciones que intentamos se dirigen hacia fuera, son engaños, pero como no sabemos hacer otra cosa, seguimos repitiéndolos porque, al menos, sobrevivimos. De esta forma nos encontramos mal pero seguimos vivos.

 

Estas soluciones fingidas no resuelven nuestros problemas, pues si en realidad existiese una falta de habilidad o conocimiento, que nunca de valía, ésta se mantendrá sin resolver hasta que decidamos permitir que los demás nos perciban como somos. Así, confirmarán nuestra sospecha y podremos resolverla o, lo que es más habitual, nos sorprendan diciéndonos que no existe tal carencia y por tanto el temor era infundado.

 

UTILIDAD DE LAS COMPENSACIONES

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Comprar o fingir ser otra persona no son incorrectos o malos en sí mismos. Son estructuras válidas en la infancia, que en la vida adulta sirven como medidas transitorias, para salir del paso. El problema surge cuando nos quedamos en esos comportamientos de forma continua. No son mecanismos de crecimiento sino desahogos, aplazamientos con los que salimos del apuro momentáneo y obtenemos un alivio temporal.

 

Es como cuando estamos tristes y lloramos: nos alivia pero no resolvemos el problema, el origen de la tristeza permanece ahí. Hemos desahogado la emoción aunque sin cambios en el proceso mental, origen del estado emocional.

 

En definitiva, las compensaciones son medios de desarrollo social que nos permiten estar un poco mejor, para poder llegar a soluciones de mayor bienestar. Son muletas útiles cuando se usan de forma temporal, mientras se da solución al problema de origen. Sirven como medidas transitorias, pero cuando las adoptamos de forma definitiva nos olvidamos de la verdadera mejoría, de hacer el esfuerzo por comprobar si esos temores son ciertos y, si así fuese, poder cambiar a través del aprendizaje y el entrenamiento, sin fingir, teniendo claro que no sabemos e intentamos aprender.

 

Son como los medicamentos ansiolíticos, antidepresivos y analgésicos que, tomados de manera continua, al no resolver el mal de fondo, no evitan que el dolor físico y emocional persistan. Podemos aparentar un mejor aspecto físico, aguantar la respiración, meter tripa y erguirnos; sabemos que estamos pagando el precio de un resultado. Con el sufrimiento emocional no compramos nada, no crecemos ni obtenemos satisfacción.

 

CONSECUENCIAS DE LA “CULTURA DEL SUFRIMIENTO”

Las multinacionales farmacéuticas que venden ansiolíticos y antidepresivos son las que más se benefician de la cultura del sufrimiento. Cuando tenemos un dolor físico intentamos resolver su origen. Sin embargo estamos acostumbrados a padecer el dolor emocional como “algo que tiene que ser”, creemos que “cualquiera puede tener ansiedad o una depresión”. Aunque esto es cierto, conviene recordar que ese malestar emocional tiene un sentido de aviso para el crecimiento interior.

 

La sociedad actual tiene unos niveles de angustia tan altos, no sólo por el sistema de vida de las grandes ciudades con sus ruidos y contaminaciones, sino porque vivimos como si estuviéramos bajo amenaza de muerte continúa. Fingimos que no pasa nada e intentamos añadir años a una vida que en realidad es un lento agonizar, mera supervivencia, pues no es fuente de disfrute ni de satisfacción.

 

No importa si los ancianos viven mejor o peor. Lo que cuenta es que las estadísticas digan que ya viven ochenta y cinco años, pero nos importa poco si su vida tiene sentido o no. Seguimos malviviendo y manteniendo esta cultura del sufrimiento en la que lo único que cuenta es sufrir mucho para producir mucho y consumir más.

 

MEJOR FINGIR SER OTRA PERSONA QUE SUFRIR

A veces nos resulta más económico, en términos de energía, fingir ser otra persona que adoptar otras conductas o utilizar otros recursos más complejos. En ocasiones es preferible, para poder vivir en la estructura social, jugar a su juego.

 

Por ejemplo, cuando deseamos que nos den afecto y cariño, podemos simular una afectación o tristeza que no sentimos, o exagerar la que tenemos. Cuando queremos que otros se callen o nos atiendan, puede ser útil levantar la voz y poner cara de contrariedad, fingiendo estar enfadados para lograr un objetivo difícil de conseguir por otros medios.

 

Somos expertos en fingir determinadas conductas –como algunas formas de cortesía o buenos modales-, que ya nos salen de forma espontánea. Sin embargo no solemos permitirnos fingir de forma voluntaria y consciente, nos parece una falsedad, un engaño. Es decir, cuando precisamos ser buenos, nos sale muy bien si creemos que no lo aparentamos; si sabemos que es una actuación, nos sale peor.

 

FINGIR SER OTRA PERSONA DE FORMA CONSCIENTE

Representar puede ser adecuado siempre que no lleguemos a hacernos “profesionales” que han olvidado que fingen. Cualquier técnica es válida mientras sepamos que estamos utilizándola para obtener un beneficio, mientras no sea la única herramienta y siempre que la usemos sin quedarnos enganchados en ella. Haber fingido de forma consciente posibilita que alguna vez lleguemos a replantearnos: “ya no merece la pena aparentar. Voy a mostrarme como soy”. Y cada vez fingiremos menos, a base de ser conscientes de ello.

 

Si cuando nos enfadamos o angustiamos somos conscientes de la equivocación, nos acercamos a resolverla, al entender que el error no es algo malo sino una fuente de conocimiento. Aunque ocultar y aparentar son inadecuados, precisamos cometer errores para poder aprender de ellos. Cuando los cometemos es por ignorancia y para resolverla necesitamos ese conocimiento que deriva del error. Seguiremos sufriendo porque nos seguiremos equivocando, aunque no precisamos sufrimiento inútil, del que no aprendamos.

 

FINGIR Y “HACER COMO SI”

fingir-y-hacer-como-siLo hasta aquí expuesto sobre el acto de fingir debe diferenciarse de la técnica de “hacer como si”, que no es fingir ser otra persona aunque lo parezca. Cuando hacemos “como si”, reconocemos nuestra ignorancia y pretendemos desarrollar una capacidad imitando a otros que sí saben hacerlo. Nos educa, nos permite aprender a hacer aquello que no sabíamos, es actualizar una potencialidad.

 

Por ejemplo, cuando un niño toma un lápiz, hace como si supiese escribir y garabatea sobre un papel, aun sin saber. Poco a poco, al imitar a sus profesores aprende y termina por dominarlo. Si de adultos queremos aprender a conducir, nos subimos en un coche, accionamos la puesta en marcha, cogemos el volante, movemos la palanca del cambio como si supiéramos (sin saber) y, a base de repetirlo, terminamos por aprender.

 

En la infancia y la juventud usamos la técnica de “hacer como si” para desarrollar nuestras capacidades. De adultos, al fingir ser otra persona no pretendemos alcanzar esa habilidad, es una mera actuación: no aprendemos.

 

“Mejor fingir que sufrir” significa que, si consideramos preciso estar enfadados para conseguir algo, lo fingimos para lograr un objetivo puntual inmediato, no para alcanzar destreza en enfadarnos. Es una técnica social, una herramienta de mantenimiento en la relación con el entorno, valida de forma momentánea. “Hacer como si” es una técnica de crecimiento.

 

EL SER SABIO INTERIOR

Todo lo dicho anteriormente puede parecer terrible dicho así, pero si nos paramos un poquito, nos daremos cuenta de que no estoy exagerando: nos hemos transformado en personajes, nuestros criterios personales han quedado ocultos e ignorados.

 

Estoy convencido, y por eso todas estas explicaciones, que cada ser humano tiene una sabiduría interior. Empecé a llamarlo hace muchos años el « Ser Sabio Interior ». Tenemos acumulado en nuestro cerebro derecho cuatrillones de datos de conocimiento, de experiencia personal, que nos permiten saber si nuestra forma de pensar es adecuada o no según nuestros propios criterios personales.

 

Sin embargo nuestros criterios profundos han quedado ignorados y consideramos la voz de ese criterio profundo, que son mis emociones, como unas enemigas. Nos sentimos víctimas pasivas de nuestras alteraciones emocionales que, en mi criterio, son la voz muda del ser sabio diciéndome « te lo estás pensando de una forma infantil, inadecuada a tu realidad del presente ».

 

Cuando siento ansiedad, tristeza y enfado mi Ser Sabio me está diciendo que ya tengo desarrolladas capacidades para interpretar esto que está ocurriendo de una forma más adulta. Estoy “niñeando”, me lo estoy contando niño, estoy convertido en un personaje. Estoy fingiendo una vida que no me corresponde. Finjo en el trabajo, en la calle, con mi familia… Pero ¿Dónde se ha quedado el ser humano?

 

EL OBJETIVO DE NUESTRA TERAPIA

dejar-de-fingir-ser-otra-persona-nuestra-terapiaUno de nuestros objetivos es recuperar ese ser humano que soy, ese ser humano que siempre he sido aunque esté ahí tapado debajo de todas esas apariencias sociales. Hay un dicho que dice que « aunque la mona se vista de seda, mona se queda ». Nos hemos adornado con muchas adornitos, lacitos, pero seguimos siendo seres humanos.

 

A mí me parece muy importante el objetivo fundamental de nuestra terapia: rescatar la humanidad que está en el fondo de este ser humano, el ser que soy. No el ser que me han hecho creer que soy, no la opinión que tienen los demás de mí… sino el cómo soy realmente.

 

Todo esto es lo que trabajamos en la “Guía hacia el bienestar”. Nuestra metodología se basa en que nuestras alteraciones emocionales son una consecuencia de una forma distorsionada de pensar, que hemos aprendido desde la infancia. Nadie nos ha enseñado a pensar adecuadamente, y cuando pensamos de forma inadecuada, sufrimos.

 

¿Qué es lo que ocurre con este sufrimiento? Nosotros intentamos abordar el sufrimiento para, en un principio, aminorarlo y luego plantearnos si no será posible alcanzar un mayor nivel de bienestar. Afortunadamente, siempre es posible.

 

Decía el emperador Marco Aurelio “en todo sitio donde se puede vivir, se puede vivir bien”, y estoy totalmente de acuerdo. Si tenemos garantizada nuestra supervivencia, el disfrute es algo que podemos poner nosotros. La supervivencia no depende de nosotros, tenemos que ganárnosla, pero cada uno aporta el bienestar y el disfrute a su propia vida.

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