Extracto del libro «Miedo al Bienestar» del Doctor Julio Herrero Lozano, página 99. Puedes acceder al libro completo a través de este enlace.

 

El ser humano nace con una serie de instintos que comparte con el resto de los animales, pero dotado además de un impulso al que por su complejidad y potencialidad no me atrevo a llamar instinto, que corresponde al proceso que conocemos como “egoísmo”, esa tendencia a conseguir la mayor y mejor satisfacción para uno mismo en cada acto.

 

LAS SEIS VÍAS SANAS DE EGOÍSMOS

EGOÍSMO INFANTIL

El egoísmo es motor de todos nuestros movimientos y, en mi experiencia, el móvil más poderoso. Se diría que el ser humano manifiesta ese egoísmo desde su concepción. Cuando el óvulo fue fecundado por el espermatozoide y surgió mi primera célula, ya empecé a manifestar mi egoísmo echando raíces en esa tierra que era la matriz de mi madre para coger de ella todos mis elementos.

 

Cuando era un embrión tomaba de su sangre todo lo que me venía bien, sin importarme si ella tenía suficiente o le faltaba; si necesitaba calcio, se lo quitaba de sus propios huesos y dientes, si precisaba azúcar lo tomaba sin más contemplaciones. Así crecí en mis orígenes.

 

Tras mi nacimiento tiranicé con él a mis sufridos padres, a los que a partir de entonces convertí en esclavos de mis más mínimos deseos. Mis exigencias y lloros ponían de manifiesto lo que podríamos llamar mi «egoísmo infantil» o primario, el deseo de recibir, la exigencia de «que me den», sin otro miramiento ni objetivo que el de satisfacer mis necesidades o deseos de alimento, limpieza, calor, protección, amor o cariño; si éstos no eran colmados de forma inmediata, los reivindicaba con llantos y quejas diversas.

 

EGOÍSMO MERCANTIL O DE COMPRA-VENTA

Así pasó el tiempo y fui creciendo gracias a ese impulso que las personas a las que tiranizaba iban saciando. Hasta que, en mi desarrollo egoísta, un día me encontré, quizás en un parque o en la calle, en la guardería o en casa, con otro ser aproximadamente de mi mismo tamaño al que intenté hacer víctima de mis exigencias diciéndole: «¡Dame tu juguete!». Pero, en contra de toda previsión, recibí la más rotunda negativa a la que enseguida repliqué con el más sonoro de mis llantos.

 

Ante mi sorpresa, ese maligno ser, propietario al parecer del bien por mí deseado, no respondía como los demás que hasta entonces había tiranizado y, por su resistencia, parecía inquebrantable ante mis más poderosas armas de gritos, amenazas y pataleos, por lo que, supongo, no me quedó más remedio que buscar y encontrar una estratagema con la que saciar mis insatisfechos deseos.

 

«Te doy mi pelota si me das tu cubito», debió de surgir de mi rabia y, como por arte de magia ocurrió el milagro, esa muralla de incomprensión frente a mis deseos se derrumbó en el primer acto de intercambio. Acababa de descubrir la segunda forma de dar satisfacción a mi egoísmo, lo que podríamos llamar «egoísmo mercantil», de compraventa o de trueque, si lo preferimos.

 

Éste fue un descubrimiento muy importante pues a partir de entonces podía cubrir mis deseos frente a un gran número de otros seres sin necesidad de suplicar y sin engañarlos siquiera, ya que al ofrecer lo que para mí era poco valioso a cambio del preciado bien que el otro poseía, se daba la coincidencia de que, a la hora de aceptar el intercambio y cerrar el trato, la otra persona también se sentía beneficiada y satisfecha, quedando por tanto los dos con nuestro egoísmo saciado.

 

Probablemente a partir de entonces descubrí lo que llamaban el valor de las cosas y también la utilidad de la moneda que me permitía dirigirme al puesto de mi suministrador de golosinas y, a cambio de un objeto incomestible, conseguir el regaliz o el sabroso caramelo, no sólo sin tener necesidad de huir a continuación sino incluso apreciando una cierta satisfacción en el proveedor.

 

Ya poseía las dos formas más preciadas de esta actuación social, las que quizá me resultasen en lo sucesivo más eficaces o, al menos, aquéllas que con más frecuencia iba a utilizar. Considero que ambas formas subyacen en un elevadísimo porcentaje de las relaciones sociales, que son la base de casi todo acto comercial o de intercambio y que, probablemente, están en el origen de la estructuración social actual, incluyendo las normas y leyes que nos rigen.

 

EGOÍSMO APLAZADO O BONDAD

Gracias a ellas mi desarrollo continuaba y yo adquiría todo aquello que precisaba de mi entorno pidiéndoselo a quien me lo daba o cambiándolo si encontraba resistencia a la simple petición. Pero en ocasiones se hacía preciso utilizar una tercera forma de egoísmo, descubierta al poco tiempo.

 

Advertí que a veces era necesario realizar mi parte de la aportación al trueque sin recibir la compensación de forma inmediata y en esos casos consentía la demora con la intención, muchas veces alcanzada, de que la compensación fuese mayor y por tanto más satisfactoria de lo que hubiese conseguido al haber efectuado el intercambio «mano a mano».

 

Así descubrí una nueva forma de satisfacer mi egoísmo. Quizá la misma que impulsó a nuestros antepasados a enterrar un grano de trigo en lugar de comérselo, permitiéndoles al cabo de los meses recoger una gran cantidad de ese cereal como recompensa de su espera. Y puede que también esté en el origen de esa costumbre, después tan arraigada, de que en lugar de consumir el animal capturado, se espere a que críe, y así, tras un tiempo, obtener un rebaño sin necesidad de cazarlo, transformándose de ese modo en agricultores y ganaderos.

 

Es decir, esa manera de satisfacer el egoísmo podría considerarse el cimiento de la actual estructuración social. A esta nueva forma podemos llamarla «egoísmo aplazado», de la esperanza, bondadoso o, si lo preferimos, simplemente bondad.

 

Esta manera de satisfacer mi egoísmo es muy importante porque además desarrolla la capacidad de demorar la satisfacción, proceso de gran trascendencia en el crecimiento del ser humano, preparativo para nuestra adecuada formación social y origen de otras muchas capacidades para una mejor relación con el entorno.

 

Si no desarrollo este nivel tenderé a la búsqueda de la satisfacción inmediata, con el riesgo de todo tipo de dependencias y apegos, origen de gran parte del sufrimiento de la humanidad. Si lo practico de manera adecuada estaré en condiciones de descubrir los siguientes niveles.

 

EGOÍSMO ALTRUISTA O GENEROSIDAD

Comprobé con una cierta extrañeza que, a pesar de su mayor sutileza y de implicar un egoísmo mucho mayor, mis semejantes apreciaban y alababan este proceder, por lo que, ante los magníficos resultados obtenidos, me animé a repetirlo. Lo usé tanto que un día decidí experimentar un aplazamiento indefinido para comprobar si cuanto mayor era éste tanto mayor era la satisfacción.

 

Tomé una de mis propiedades, poco valiosa por cierto, y decidí dársela a aquel conocido que la necesitaba diciéndole que no quería nada a cambio pues se trataba de un «regalo», supongo que con la oculta esperanza de que al cabo del tiempo me devolvería el gesto obsequiándome con algún valioso presente.

 

Sin embargo, con gran sorpresa por mi parte, descubrí que en el acto de la entrega obtenía una satisfacción nueva, hasta entonces desconocida para mí, que no procedía de la esperanza de la devolución, sino que tenía su origen en mi interior y superaba a la que había experimentado con la posesión del objeto e incluso mayor que aquella que obtuve al conseguirlo, descubriendo así una cuarta forma de desarrollar y saciar mi necesidad de satisfacción personal a la que podemos denominar «egoísmo altruista», generoso, listo o simplemente generosidad.

 

Gracias a este nuevo mecanismo aprendí que era posible producir, ahora claramente en mi interior, con un proceso autónomo, esa preciada energía denominada satisfacción, que hasta entonces consideraba como procedente del exterior al ser consecuencia de la apropiación por mi parte de un objeto externo. De esta manera alcancé uno de los más importantes logros en mi desarrollo: la interiorización del origen y control de mi satisfacción.

 

EGOÍSMO AMOROSO O AMOR

Fue la práctica de este proceso, satisfacerme internamente en el acto de dar, lo que facilitó más adelante el descubrimiento de un nuevo mecanismo aún más sofisticado y refinado con el que conseguir satisfacción: colmar mi gran egoísmo en un acto de extrema generosidad. Al entregar no ya mis propiedades sino a mí mismo, mi propia actividad, una parte de mi existencia, de mi tiempo y mi atención, para la mejoría o el desarrollo de otro ser vivo, sin pedir, desear ni esperar contraprestación alguna, sin necesidad de ser reconocido, agradecido ni compartido y sin otra recompensa que mi propia satisfacción interna en el acto de la entrega.

 

Es lo que podemos llamar «egoísmo amoroso» o amor, una vez liberado el término de sus otras acepciones menores, equivalentes a querer o cariño, sexo, enamoramiento, etc. Es el vértice de la culminación egoísta habitual, en la que mi satisfacción apenas depende del exterior, puesto que procede completamente del proceso interno de entregarme.

 

Entiendo el amor como una actitud en la vida, como «la realización de la decisión libre, consciente y elegida de forma voluntaria de participar en el crecimiento y desarrollo de otro ser, respetando su esencia, libertad e independencia, sin esperar compensación exterior, sólo por la propia satisfacción interna en el acto de darse», pues el amor es una mano ofrecida, no una mano que agarra.

 

EGOÍSMO SUPREMO O AMOR UNIVERSAL

Podemos así evolucionar en las diversas formas de amor, desde el amor a uno mismo o amor propio, el amor de pareja, amor a los familiares y próximos, amor al prójimo, a los seres vivos, a la Naturaleza…

 

Si alguna vez mi amor alcanzase a ser tan grande que pudiera extenderse a todo lo que existe, si por amor a mí llegase a amar no sólo a los seres humanos sino también a cualquier manifestación de la existencia, creo que habría dado cumplimiento al precepto crístico: «Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo», que encierra un verdadero camino de crecimiento y desarrollo.

 

El amor más grande del que soy capaz es el amor a mí, y por tanto el objetivo será amar a los demás lo máximo posible, como a mí mismo, amor sólo superable por el amor a mí en lo más grande que yo, el Universo, Dios, Todo, Naturaleza, Energía o como queramos llamarlo, forma superior de egoísmo, «egoísmo supremo», amor universal o AMOR. «Por amor a mí, te amo y por este amor, amo al mundo».

 

VÍAS DISTORSIONADAS DE EGOÍSMO 

EGOÍSMO AVARO

Ésta es la vía adecuada o sana para el desarrollo de esa fuerza interna, motor de mi existencia. Pero también puedo observar en mí otras formas distorsionadas o enfermas de buscar satisfacción, que me paralizan en este crecimiento y me desvían del verdadero objetivo: alcanzar la mayor y mejor satisfacción.

 

Cuando ya he conseguido un bien a través de pedir o comprar, puedo guardarlo, atesorarlo para conseguir la pequeña satisfacción de poseer, la seguridad de la pertenencia.

 

Este mecanismo al que llamo egoísmo avaro o tonto, por comparación con el egoísmo listo o generosidad, es una verdadera avaricia dañina, que lleva a la dependencia exagerada y bloquea el paso hacia formas más gratificantes de satisfacción, para cerrar con frecuencia un circuito repetitivo de errores mantenidos en el apego inútil.

 

EGOÍSMO LADRÓN

Aún podría errar más si practicase la forma de egoísmo ladrón, dañino o supertonto, que consiste en obtener satisfacción quitándosela a los demás o incluso causando sufrimiento a los otros. Lo llamo así porque el ejemplo es el de un ladrón que, para obtener un bien, se lo quita a otro físicamente o restringe sus posibilidades de desarrollo.

 

A simple vista parece la forma más sencilla de conseguir satisfacción pero en realidad es como «matar a la gallina de los huevos de oro», ya que bloquea la vía de esa otra satisfacción mejor y mayor que se encuentra en la ayuda y entrega a los demás.

 

EGOÍSMO PEREZOSO

El egoísmo perezoso, conformista o pereza me impulsa a permanecer como estoy, con lo que tengo, por no hacer el esfuerzo, la inversión de energía necesaria para lograr una mayor o mejor satisfacción. Este egoísmo es  consecuencia de una baja valoración de uno mismo, al considerar que no merece la pena hacer el esfuerzo por el bienestar propio.

 

Dificulta la búsqueda de satisfacción en el esfuerzo que consigo con el mecanismo del aplazamiento, como ocurre en la práctica deportiva. Me impulsa a buscar seguridad o satisfacciones inmediatas menores en lugar de intentar lograr otras mayores y mejores, algo más costosas. Es el desamor, lo inverso al amor.

 

EGOÍSMO MANIPULADOR

Otra posibilidad de equivocación en el manejo del egoísmo, que considero consecuencia de la presión social que me solicita ejercer la generosidad y el amor sin haberme dejado evolucionar hacia ellos (debido a que para el egoísmo de los otros es mejor que yo dé a que pida), es el egoísmo manipulador o generosidad fingida.

 

Lo ejercito cuando, al realizar una «venta con aplazamiento», disfrazo como generoso ese acto de bondad –en el que sí espero una compensación externa–, y aguardo que me sea retribuido más adelante, pero sin expresarlo o incluso ocultándolo. Con la práctica de esta forma fingida de generosidad me impido alcanzar el verdadero altruismo.

 

Cuando otro ser me pide algo puedo acceder al trueque reclamando un precio y, si quien lo solicita no puede compensarme en el momento, exigir un precio superior por el aplazamiento. A nivel social estos comportamientos están mal vistos, por lo que suelo actuar como me han enseñado, fingiendo que lo regalo, con la oculta intención de resarcirme en el futuro.

 

De esta forma, un tiempo después pediré o esperaré que me sea devuelto el «favor», y si la otra persona no accede a mis deseos le recordaré lo que hice por él cuando lo necesitó o guardaré en mi memoria como una injusticia su forma de maltratarme: «con lo que yo he hecho por él; le ayudé cuando lo necesitaba y así es como me lo paga».

 

En realidad este comportamiento es una estafa. En Derecho se considera que para una compraventa sea lícita debe existir un bien que se trasmite y un precio fijado; si en el supuesto «regalo» fingido no especifiqué el precio, mi petición futura de compensación es un intento de engaño, una verdadera estafa, pues al no fijar el precio en el momento de la venta privé al comprador de su capacidad de decidir si le convenía el trato. Y mi solicitud de pago, en el mejor de los casos, supone un intento de doble cobro puesto que al dar ya obtuve mi satisfacción interna y no tengo derecho a pedir una nueva compensación.

 

Estas distorsiones no son «malas», sólo son caminos aberrantes, sin salida, que no llevan al crecimiento y desarrollo del ser humano; pueden ser válidas de forma momentánea, para salir del paso, aunque constituyen un problema cuando nos quedamos en ellas, repitiéndolas de manera indefinida sin saltar a la vía del crecimiento. Nos sirven para sobrevivir, para «ir tirando», no para vivir bien ni para mejorar. Son sucedáneos del logro, formas de seguir igual, pues aportan satisfacción poco nutritiva.

 

EVOLUCIÓN DEL EGOÍSMO EN EL SER HUMANO

El desarrollo sano de este mecanismo, esta evolución en el refinamiento de los métodos personales para conseguir cada vez mayor y mejor satisfacción en cada acción, sería la consecuencia de ese súper-instinto con el que fui concebido y nací, presente en todos y cada uno de mis actos.

 

No puedo hacer una valoración de la superioridad o excelencia de ninguno de los egoísmos que he descrito como sanos, pues considero que todos ellos son, no sólo valiosos, sino necesarios e imprescindibles, ya que no puedo acceder a un peldaño más alto de una escalera, y repito, más alto que no mejor, sin apoyar mi pie en el anterior.

 

Y así, no hubiese aprendido el amor sin la generosidad preexistente, aunque este altruismo no habría sido posible sin el aprendizaje previo de la bondad o aplazamiento en la satisfacción, que a su vez no habría descubierto sin practicar el intercambio que sólo era la expresión, como todos los demás, de mi egoísmo infantil o primario, al que sin valoración peyorativa podría llamar no evolucionado.

 

De igual modo, el generoso y amoroso cabría denominarlos inteligentes o listos, pues mientras que en los egoísmos infantil, mercantil y bondadoso, y no digamos en las cuatro formas aberrantes –manipulador, avaro, ladrón y perezoso–, sólo me ocupo de la satisfacción de conseguir y poseer, en el altruista y el amoroso, que se basan en un criterio mucho más inteligente, un egoísmo más desarrollado, no me conformo con ello y disfruto de esa segunda fuente de satisfacción que es la entrega con compensación interior.

 

Así queda resuelta la discusión de los filósofos sobre si el ser humano posee libre albedrío o está predeterminado. No es del todo libre puesto que el egoísmo le impide tomar una decisión que no sea para su propia satisfacción, pero sí tiene libertad para elegir el camino por el que obtenerla. No somos libres aunque sí tenemos libre albedrío.

 

Recuerdo aquí unas frases de Idries Shah en su libro El buscador de la verdad: «Un hombre bueno es aquél que trata a otros como a él le gustaría ser tratado. Un hombre generoso es aquél que trata a otros mejor de lo que él espera ser tratado. Un hombre sabio es aquél que sabe cómo él y otros deberían ser tratados; de qué modo, y hasta qué punto. (…) Todo el mundo debería ir a través de las tres fases tipificadas por estos tres hombres».

 

Curiosamente la forma que me enseñaron de considerar al egoísmo implicaba una valoración negativa del mismo. Una y otra vez se me repitió: «Sé generoso, ama a los demás; no seas egoísta», pero cada vez que lo intentaba, de cualquier forma imaginable, no lo conseguía y además surgía dentro de mí una frustración por el objetivo inalcanzado, junto a la duda de que, si me decían que lo hiciera, debía de ser posible y por tanto no estaba preparado para conseguirlo por ser malo o estar mal constituido.

 

Hoy considero que quizás en aquella instrucción se olvidaron de especificar que, al igual que para montar en bicicleta es preciso caerse, también para conseguir ser egoísta altruista o sabio, primero es preciso ser egoísta infantil e ignorante. Es por la propia experiencia y la práctica de aquello que recibí en el origen, mi egoísmo infantil o primario, por la que algún día quizá llegue a alcanzar esas formas más gratificantes de egoísmo evolucionado, tan valoradas por los seres humanos como «virtudes», aunque para esa valoración hayan tenido que despojarlas de su esencia, el egoísmo, socialmente «mal visto».

 

¿Cómo podrá un niño alcanzar el cuarto y quinto peldaños de la escalera, por mucho que se lo exijamos, si le dificultamos o prohibimos ejercitarse en los tres primeros escalones? Y ¿cómo obedecerá la orden de andar si ni sabe ni le permitimos ponerse en pie?

El esquema de los egoísmos:

Los grados del egoísmo

Resumiendo, ignorancia, egoísmo e imperfección (I.E.I.) forman parte del núcleo esencial del ser, son características humanas en evolución. Intentamos disminuir nuestra ignorancia e imperfección a medida que nos desarrollamos en el egoísmo, pero de ninguna manera estas propiedades son maldad ni falta de valía, con las que se confunden.

 

Son virtudes, cualidades muy valiosas del ser humano y, lejos de constituir defectos, como se nos ha transmitido socialmente, son oportunidades, nuestros mejores atributos, las características de diseño más básicas que nos permiten desarrollar nuestra función existencial y nuestro sentido vital: abrir nuevos caminos de futuro.

 

«Nadie fue ayer ni irá hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy. Para cada hombre guarda un nuevo rayo de luz el sol y un camino virgen Dios» (León Felipe).

    1 respuesta a "El desarrollo en el egoísmo del ser humano (desde el egoísmo al amor)"

    • Miguel

      Muy interesante.

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