LAS ENFERMEDADES PSICOSOMÁTICAS

En todas las enfermedades del cuerpo interviene también el alma o la mente.

 

La gente lo ha sabido siempre: la tristeza enferma, la alegría cura. Alma y cuerpo, psique o soma, están tan íntimamente entrelazados que no hay emoción que no repercuta en el bienestar físico. La ansiedad nos ahoga, el miedo nos pone un nudo en el estómago, el enfado nos revuelve la bilis, la ira nos hace hervir la sangre…, mientras que, por el contrario, la alegría nos abre el corazón y el amor nos hace vibrar. La alegría y la imaginación son los intérpretes en el diálogo entre cuerpo y mente.

 

La ciencia médica, que durante una etapa ha negado estas interrelaciones, hoy las está comprendiendo cada vez mejor y empieza a tomarlas en cuenta. Pero aún no sabemos realmente cuántos nudos de estómago se convierten en úlceras, ni tampoco hasta qué punto la alegría y la felicidad son capaces de prevenir infartos y curar tumores. Posiblemente en mayor medida de lo que imaginamos.

 

“ESTA VIDA ME ENFERMA”

A Elvira, una mujer de veintiocho años, le abandonó su novio después de ocho años de relación. Ella cae en una depresión, pero todavía le queda la suficiente vitalidad para preocuparse de su cuerpo y no descuidar la revisión anual ginecológica. El médico le descubre un quiste en el ovario y recomienda operarla. La ingresan en una clínica pero resulta que hay huelga de anestesistas, por lo que se pospone la intervención para la semana siguiente.

 

En este lapso de tiempo, Elvira conoce a un chico que le gusta y también él parece interesarse por ella. Cuando por fin la operan, el quiste ha desaparecido. La explicación: era sólo de agua y ha reventado. Si se hubiera efectuado una segunda ecografía, la operación no habría sido necesaria.

 

Cuando Alberto tenía cinco años, sus padres se separaron. Pocos días después de marcharse el padre del hogar, el pequeño cae enfermo. Se presenta un cuadro de meningitis con todos los síntomas clásicos. Ingresan al niño y el padre, preocupado, acude al hospital. Mientras los médicos están efectuando todavía las pruebas pertinentes, el niño comienza a mejorar. Aun antes de que los análisis demostraran que no se trataba de meningitis, Alberto estaba curado totalmente.

 

Carolina sólo recuerda haber estado enferma dos veces en su vida: a los veintitrés años tuvo la escarlatina y a los treinta y cinco padeció una hepatitis. En la primera ocasión estaba a punto de casarse, en la segunda de trasladarse con su marido y sus dos hijos pequeños al extranjero.

 

Estos tres casos verídicos son sólo una pequeña muestra de un sinfín de otros parecidos. ¿Casualidad? ¿Simulación? Un niño pequeño no puede simular una meningitis y nadie se somete a una operación si no le diagnostican un quiste real. Y los gérmenes de la escarlatina o de la hepatitis están en el ambiente siempre y no sólo cuando una persona tiene que tomar decisiones importantes.

 

¡SI FUÉRAMOS FELICES SIEMPRE!

Nuestro cuerpo y ese algo más – llámese alma, mente o espíritu – forman una unidad en la que ese algo, según todo lo que podemos observar, lleva la voz cantante.

 

¿Qué es? No resulta fácil captarlo con palabras y, además, su concepto ha cambiado a través de los siglos. Mientras que para los antiguos griegos el hombre constaba de cuerpo, alma (o mente) y espíritu, en el cristianismo sólo quedaron cuerpo y alma, hasta que el moderno materialismo abolió también el alma.

 

Así despojado de cada vez más partes, el hombre moderno no acepta fácilmente tener un alma, aunque, curiosamente, sí una psique, tratándose en realidad de la misma cosa, proviniendo una palabra del latín y la otra del griego. Muchos psiquiatras y psicólogos prefieren hablar de mente, termino aceptado por todos (aunque, por otra parte, una enfermedad psíquica no es una enfermedad mental).

¿QUÉ SON LAS ENFERMEDADES PSICOSOMÁTICAS?

Las solemos comprender como dolencias físicas producidas por un desarreglo psíquico. Pero, ¿quién puede decir dónde empieza y dónde termina un círculo?

 

Es evidente que en las enfermedades intervienen también virus, bacterias y otros agentes del exterior, y no es menos obvio que las dolencias provocadas por ellos influyen a su vez sobre la mente. En este sentido, todas las enfermedades son psicosomáticas, desde la caída del cabello hasta el cáncer, porque abarcan siempre a la persona entera.

 

Sin embargo, parece ser más vulnerable el cuerpo cuya mente está atravesando algún tipo de conflicto. Posiblemente, una persona que siempre fuera totalmente feliz no enfermaría nunca. Podemos definir pues la enfermedad como un desequilibrio de la persona entera. Y cualquier terapia está encaminada a restablecer el equilibrio perdido.

 

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DE JESUCRISTO AL CONTROL MENTAL

Los antibióticos no son lo único capaz de curar un cuerpo enfermo, ni lo son todos los demás fármacos que se fabrican en cada vez más sofisticadas composiciones, ni tampoco las hierbas milenarias que actualmente están de nuevo en auge.

 

Jesucristo curaba con la imposición de las manos y con la palabra. Aplicaba una energía terapéutica que posiblemente él poseyera en un grado especialmente alto, pero que también usaban y usan muchos otros, desde los santones de la India hasta los curanderos de nuestros días.

 

¿Influye esta energía directamente sobre el cuerpo o lo hace a través de la mente? ¿Y en qué consiste este poder? No lo sabemos. Jesús concluía muchos de sus milagros diciendo: “ve tranquilo, tu fe te ha ayudado”.

 

La fe interviene también cuando la medicina moderna echa mano de los placebos, medicamentos “vacíos” que a pesar de no contener ningún principio activo, alivian dolores y mejoran el estado general del paciente.

 

LAS PSICOTERAPIAS

A medida que los humanos comprendíamos cada vez mejor las interrelaciones entre cuerpo y mente surgieron las psicoterapias. Sigmund Freud fue el primero en plantear la hipótesis de que no sólo los trastornos mentales, sino posiblemente también algunos físicos se debían a un bloqueo psíquico y no a lesiones orgánicas, como hasta entonces se había pensado.

 

La aplicación terapéutica del psicoanálisis consiste en hacer revivir al paciente los hechos traumáticos de la infancia – mediante la hipnosis en un principio y la libre asociación de ideas después – para dar así salida a una energía que no había encontrado un cauce de expresión.

 

Muchas de las psicoterapias actuales ya tienen poco que ver con Freud y sus sucesores, pero todas tienen en común la convicción de que mente y cuerpo forman una unidad y de que una parte difícilmente puede estar sana si no lo está la otra.

 

Ahí están, entre otros, la antroposofía, la bioenergética, la gestalterapia, la musicoterapia, el psicodrama, la sensibilización corporal, las técnicas orientales, las terapias cognitivas…, es imposible nombrarlas a todas. Unas se dirigen más a la mente, mientras que otros atacan al enemigo – el desequilibrio – más por el flanco físico.

 

LA PSICOPEDAGOGÍA

Además de estas terapias que aplica el terapeuta al paciente hay otra en que el terapeuta desempeña un papel de enseñante. Todos los sistemas de relajación, desde el yoga hasta el control mental, pasando por la meditación trascendental, lo puede emplear cada individuo cuándo y dónde quiere. Con lo cual, el paciente se convierte en su propio médico para prevenir y mejorar enfermedades y disfunciones.

 

Hasta qué punto esto es posible lo demuestran recientes investigaciones acerca del comportamiento del sistema inmunológico humano.

 

UNA MENTE POSITIVA MUEVE MONTAÑAS

Muchas enfermedades se inician a raíz de un acontecimiento traumático o, simplemente, porque la persona está deprimida. Pero esta interrelación entre cuerpo y alma también funciona al revés: la mente puede mandar al cuerpo a curarse.

 

En los Estados Unidos, el matrimonio Simonton trabaja con enfermos de cáncer con técnicas de relajación imaginativa y tienes resultados espectaculares. No se trata de ningún poder especial. Estas técnicas las podemos aprender todos.

 

NUESTRO ASOMBROSO SISTEMA INMUNOLÓGICO

En cada momento, nuestro organismo es atacado por millones de agentes patógenos, pero este peligro apenas nos preocupa. Con razón, porque para combatir al enemigo disponemos de un bien entrenado cuerpo de policía: el sistema inmunológico.

 

Normalmente nos enteramos bien poco de su trabajo, a no ser por el hecho de que, a pesar de estar rodeados de gérmenes de toda clase, la mayor parte de nuestra vida solemos estar sanos.

 

Así aumentan las defensas

Ahora está científicamente comprobado: nuestra mente “habla” con nuestro sistema inmunológico, pudiendo transmitirle mensajes que le ayudan a vencer enfermedades.

 

Sólo hace falta imaginarnos, en estado de relajación, a nuestros glóbulos blancos como un inmenso ejército de valientes soldados que atacan y eliminan a todos los gérmenes enemigos infiltrados. Un posterior análisis de sangre mostrará que el número y la actividad de los leucocitos habrá aumentado espectacularmente.

 

Células macrófagas y granulocitos

En primera línea de los centinelas de nuestra salud luchan las células macrófagas. Son las primeras que llegan al lugar donde se encuentra el enemigo y tragan todo lo que se les pone por delante.

 

Sus compañeros de lucha son los granulocitos, igual de agresivos y hambrientos que los macrófagos, pero con la diferencia de que siempre perecen en la lucha. Por ello, nuestro cuerpo fabrica a diario unos cien mil millones de nuevos granulocitos. Lo único que llegamos a ver de ellos después de la batalla que han librado son sus cadáveres: el pus.

 

Los granulocitos son más numerosos, pero los macrófagos son más importantes, ya que si la primera fila de ataque – el sistema inmunológico inespecífico – no logra eliminar al enemigo, llaman a los especialistas, los linfocitos-T. Estos se encuentran al acecho en el tejido linfático y son capaces de identificar a los gérmenes, pero cada vez sólo un tipo.

 

Sin embargo, como existen diez millones diferentes de células T, cada una programada para identificar un germen distinto, siempre se encuentran los necesarios, listos para el ataque.

 

El sistema inmunológico especifico

A partir de ahora comienza toda una serie de acciones, todas llevadas a cabo por la segunda línea del cuerpo de policía, el sistema inmunológico especifico.

 

Los linfocitos-T dan la alarma segregando una sustancia química que ordena a todas sus hermanas idénticas a multiplicarse lo más rápidamente posible. Durante esta multiplicación se dividen en cuatro tipos distintos: los T-ayudantes, los T-asesinos, los T-represores y los T-memoria, cada tipo con una función específica.

 

Pero los más importantes son, de momento, los ayudantes, ya que son ellos los que mandan a los linfocitos-B producir en grandes cantidades la munición para la batalla contra los gérmenes infiltrados. Esta munición son los anticuerpos.

 

Tan pronto como la infección esta vencida, las células represoras frenan la multiplicación de las células de ataque. Pero las células memoria en la sangre y el sistema linfático, siempre están alerta por si el mismo virus o la misma bacteria intentase atacar de nuevo.

 

SI LOS MÉDICOS SE FIJASEN MÁS EN LA PSIQUE, SUS PACIENTES SE CURARÍAN ANTES

La medicina despierta

A medida que los científicos comprendían cada vez mejor el lenguaje de nuestro sistema inmunológico se dieron cuenta de que también la mente intervenía en esta conversación. No es que antes hubieran negado totalmente que esta parte del ser humano desempeñara algún papel. Innumerables veces pudieron observar que una persona que había perdido a un ser querido tendía durante los siguientes meses a contraer toda clase de enfermedades.

 

También sabían que enferman más fácilmente los depresivos, los estudiantes en época de exámenes, los parados, las amas de casa descontentas con su papel… Pero hizo falta un experimento con ratas para que la ciencia médica empezara a investigar en serio la interrelación entre mente y cuerpo.

 

Pruebas científicas

En los años setenta, el psicólogo Norteamericano Robert Ader, de la universidad de Rochester, dio de beber a unas ratas agua edulcorada, inyectándoles al mismo tiempo un medicamente que produce náuseas. Los inteligentes animales aprendieron rápidamente su lección, evitando el agua como si de la peste se tratase, incluso cuando ya no recibían al mismo tiempo la inyección nauseabunda.

 

Pero después de algún tiempo, algunas de las ratas olvidaron la experiencia y volvieron a beber agua. ¡Con la consecuencia de que todas murieron!

 

El psicólogo pidió consejo a sus colegas inmunólogos. Resultó que las ratas aprendieron dos cosas: primero, que el agua edulcorada produce náuseas, y segundo, que reprime la eficacia del sistema inmunológico. Porque el medicamento inyectado, la ciclofosfamida, también disminuye la actividad de las células que intervienen en la lucha contra las enfermedades infecciosas. Cuando las ratas ya habían olvidado sus náuseas, su sistema inmunológico todavía recordaba el segundo efecto del medicamento.

 

Claro que una rata no es un ser humano, pero este experimento motivó a los científicos a indagar más. A través de investigaciones sobre la función de los neurotransmisores, la estimulación del hipotálamo y otras pruebas llegaron a la conclusión de que, efectivamente, la mente habla con el sistema inmunológico y viceversa.

 

Y la práctica clínica les demostró que en este diálogo intervienen el estrés, la melancolía y los traumas como intérpretes negativos, y la alegría, la relajación y la imaginación como intérpretes positivos.

 

Energía terapéutica

Cualquier curación es la aplicación de energía terapéutica para restablecer el equilibrio perdido entre cuerpo y mente, llámese esta energía antibiótico, aspirina, el abrazo de una persona querida o la imposición de la mano de un curandero.

 

Existe una nueva medicina que se vale de todos los elementos energéticos a su alcance, desde los fármacos químicos hasta la relajación, pasando por las hierbas medicinales y las psicoterapias. Se llama medicina holística y toma su nombre del griego holos, que significa “todo”. Tiene en cuenta al hombre entero, en todas sus dimensiones.

 

Cada uno, su propio médico

Imagínate tus células blancas, los leucocitos. Están nadando en tu sangre como hambrientos tiburones, ávidos de tragarse todos los gérmenes que pueden hacerte enfermar…” Un experimento llevado a cabo en los estados unidos.

 

Antes y después de que un grupo de voluntarios hiciera, en estado de relajación, este ejercicio imaginativo, se les realizó a cada individuo un análisis de sangre. El resultado: la capacidad de su sistema inmunológico había mejorado, el número y la actividad de sus leucocitos había aumentado espectacularmente.

 

Lo que antes suscitó sonrisas irónicas – de hecho, algunas escuelas de relajación ya venían empleando el mismo sistema desde hace tiempo – hoy es tomado, por fin, por la medicina oficial.

 

En la medicina actual

Ya existen hospitales en que los cirujanos, antes de un trasplante de riñón, hacen con sus pacientes ejercicios de relajación imaginativa: “el órgano que vas a recibir es un regalo precioso, un regalo que tu cuerpo recibirá con respeto y admiración.” Y la mente, así aleccionada, cuenta a su sistema inmunológico que no debe rechazar el órgano trasplantado.

 

En otros centros, los médicos llevan payasos a la cama de niños enfermos de cáncer, o les ponen películas de risa, porque saben que la alegría produce en su cerebro sustancias que les ayudan a recuperarse.

 

Todos podemos influir en nuestro estado de salud: mediante la alegría y mediante la relajación imaginativa, en que vemos mentalmente cómo nuestro sistema de defensa lucha contra los agentes nocivos.

 

Lástima que, hoy por hoy, los centros médicos todavía no se aprovechan todo lo que pudieran para ayudar a sus pacientes ensenándoles a curarse por sí mismos. Y eso que está comprobado que los enfermos hospitalizados cuya habitación da a un paisaje verde y alegre son dados de alta antes que aquellos que se recuperan en un cuarto triste y estéril.

 

Pero aunque no siempre encontremos condiciones clínicas o médicas ideales, no hay fuerza adversa que nos impida creer en los poderes de nuestra propia mente y aplicarlos activamente.

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