PROYECCIÓN EXTERNA

La proyección consiste en imputar a lo que nos rodea – objeto, situación o persona – alguna de nuestras capacidades, considerar como ajenas parcelas propias, con el fin de disminuir nuestra participación y responsabilidad personal en esos procesos.

 

Si representásemos dentro de un círculo nuestras capacidades, el soporte del yo, ésta sería la base de nuestra personalidad: mediante este proceso proyectivo cogemos una de esas capacidades y se la atribuimos al exterior. Es decir, se la imputamos a una cosa, a una situación o a una persona.

 

Proyecto sobre  otras personas,  situaciones o cosas unas características y capacidades que son puramente mías. Y esto lo aprendimos en la más tierna infancia. Desde que somos pequeñitos nos educaron así.

 

Figura 9 del libro “Creencias que Dañan. Creencias que Sanan” del Doctor Julio Herrero Lozano. Si representamos dentro de un círculo nuestras capacidades, la base de nuestra personalidad

 

Es un sistema que tiene por finalidad fundamental disminuir nuestra participación, nuestra responsabilidad, nuestra culpa. Como ejemplo, estamos continuamente atribuyéndole nuestras emociones a los acontecimientos externos, a las personas que nos rodean.

 

ECHAR BALONES FUERA

Así uno ya no es “culpable” de las consecuencias: “el amuleto le trae buena suerte”, “el día nublado le entristece” o “la primavera le pone contento”. Saca fuera aquello que no le gusta o le es incómodo de sí mismo, lo reparte por el mundo. Al conjunto de capacidades proyectadas lo llamamos “sombra” porque es lo que uno no asume de sí mismo, lo que proyecta como si fuese una sombra.

 

Por ejemplo, creer en el origen externo de nuestros estados y cambios emocionales. Si uno está enfadado o angustiado con algo que ha hecho su jefe, puede no asumir la responsabilidad del proceso y afirmar que éste es el culpable de su enfado.

 

Es un mecanismo admitido e incluso recompensado en el ámbito social, ya que esta afirmación es aceptada por los demás, de manera que uno pasa a ser la «víctima pasiva» del enfado que “le produce” su jefe, sin responsabilidad en el resultado, por lo que es comprendido e incluso consolado o admirado por los otros.

 

Como funciona tan bien, cada vez proyectará más capacidades, sin darse cuenta de que cada proyección conlleva una dependencia y, si es otro quien “le enfada”, el otro ejercerá ese poder cuando lo desee, podrá “enfadarle” a su antojo. La emoción es contralada desde fuera: el otro maneja el mando a distancia emocional que uno ha puesto a disposición de los demás.

 

Es una doble trampa: por un lado atribuye su enfado a un agente externo, y por otro impide el aprendizaje, porque si no se sabe responsable de ese proceso en alguna medida, no puede resolverlo, con lo cual se condena al enfado permanente a voluntad de los otros.

 

LA CREACIÓN DE UNA DEPENDENCIA

No sólo no ha crecido sino que se ha empequeñecido. De esta forma, alguien “le” entristece, otro “le” alegra, un objeto “le” trae buena suerte y determinado lugar “le” tranquiliza. El cambio meteorológico “le” altera y un paisaje “le” relaja; si “trae mala suerte” que pase un gato negro “tiene que” llevar un amuleto en el bolsillo para contrarrestarlo…

 

Ese mecanismo que funciona tan bien, a lo largo de nuestra vida lo vamos prodigando, vamos proyectando cada vez más de nuestras capacidades. Lo vamos reforzando. Uno comienza a depender del entorno para casi cualquier actividad. Empieza a sentirse inseguro al disminuir el control de sus capacidades y comprobar que “todo le altera y le mueve”, perdiendo así el equilibrio interno.

 

Intenta compensar esta inseguridad buscando a alguien que le dé seguridad, con lo que proyecta también esta capacidad y crece el problema, se siente como una hoja movida por el viento. La base de sustentación de su personalidad disminuye, pasa a ser como una columna cuya base ha sido socavada, y por eso se tambalea, inestable.

 

LA DISMINUCIÓN DE NUESTRA BASE DE SUSTENTACIÓN

Ese ir proyectando sobre distintas personas, sobre distintas cosas y distintas situaciones tiene una consecuencia primera: disminuye nuestra base de sustentación. Es decir, si en este círculo mermo la base, lo que ocurre es que me empequeñezco, me hago más dependiente, porque la primera consecuencia es que cuando proyecto creo una dependencia.

Figura 10 del libro “Creencias que Dañan. Creencias que Sanan” del Doctor Julio Herrero Lozano. Disminuye la base de sustentación.

 

Por ejemplo, si yo considero que una bebida es  el estímulo de mi vida estoy generando una dependencia. Cuando quiera que mí vida tenga “luz”, entonces me hace falta esa bebida. O tomo alcohol, o fumo porros.

 

LA PROYECCIÓN EN EL ENTORNO SOCIAL

Este mecanismo fue aprendido en la infancia, como casi todas las compensaciones y, en apariencia, nos da buen resultado, ya que parece disminuir nuestra responsabilidad en los sucesos. Pasamos a ser víctimas pasivas del entorno, sin culpa por lo que “nos ocurre”.

 

Está muy introducido en el tejido social y cultural de modo que casi todos lo practicamos de forma habitual. “Tú me enfadas” y “yo te entristezco”, con lo que creamos una relación, un vínculo manipulatorio, pues si quiero estar enfadado te busco para que me enfades, y con frecuencia lo consigo.

 

Constituye la base de la mayoría de nuestras relaciones sociales y familiares, que son manipulatorias, pues quien acepta una proyección busca el poder de controlar al otro, que este mecanismo le confiere y, como algunas veces funciona, mientras dé resultados, continuará utilizándolo.

 

Sobre todo en las relaciones de amistad o de pareja este proceso es mutuo. Es decir, yo proyecto sobre ti una capacidad (me enfadas) y tú proyectas sobre mi otra capacidad (te entristezco). Y así hemos creado una relación mutuamente dependiente. Un vínculo doble.

 

Algo similar ocurre con la supuesta capacidad de hacer daño a los otros; eso sólo es posible a nivel corporal, pues a nivel interno no tenemos capacidad de producir daño emocional ni de obligar a nadie, que no sea a nivel físico.

 

Figura 11 del libro “Creencias que Dañan. Creencias que Sanan” del Doctor Julio Herrero Lozano. Relación interdependiente, manipulatoria.

 

EN REALIDAD ESTE MECANISMO ES FICTICIO

Nuestras capacidades nos pertenecen a cada uno, aunque no seamos conscientes de que las ejercemos. Nada nos puede mover las emociones ni el pensamiento desde fuera, es uno mismo quien se emociona. El exterior sólo nos puede afectar en el cuerpo y, a través de él, facilitar o dificultar las emociones, aunque no las controla ni las causa.

 

Los cambios atmosféricos y los hormonales pueden favorecer alteraciones emocionales, si bien no las producen, como la baldosa levantada facilita un tropiezo, aunque no la causa. No son las palabras del otro las que producen nuestra emoción, sino lo que cada uno piensa sobre lo que le dicen.

 

A medida que se desarrolla un ser humano, cada vez es menos susceptible de ser manipulado. Las manipulaciones más arraigadas son las de la familia de origen, porque se basan en vínculos establecidos en la infancia y en relaciones muy poco conscientes. Nos conocen mejor que nosotros mismos y saben qué palabra decir para que saltemos, qué gesto hacer para que nos sintamos culpables y qué dejar de hacer para que respondamos.

 

Por ello ese entorno puede ser nuestra más profunda fuente de conocimiento; al conocernos y saber cuáles son las formas en las que manipulamos y en las que nos dejamos manipular, somos menos controlables e intentamos controlar menos.

 

LAS SOLUCIONES

Uno de nuestros objetivos consiste en  poner en duda nuestras proyecciones para intentar recuperar todas esas capacidades que hemos ido proyectando a lo largo de la vida. Por eso es tan importante darnos cuenta. Y nos damos cuenta de una forma muy sencilla, simplemente atendiendo al lenguaje: “Ello me…” o “yo me… con ello”.

 

Para dejar de manipular conviene descubrir qué mecanismo utiliza cada uno para ello: qué palabras, gestos, posturas, tono de voz usa y, o bien ponerse en alerta sobre esos procesos para darse cuenta de cuando empieza a hacerlos, o directamente revelárselos a los otros: “Me he dado cuenta de que intento controlarlos de esta manera; por favor, cuando notéis que actúo así, es que empiezo a manipular; no me lo permitáis, avisadme.

 

Es renunciar a una herramienta poderosa, pero supone un crecimiento personal que justifica la renuncia  a ese supuesto poder manupulatorio. Para saber más sobre la proyección, mira nuestro artículo «La responsabilidad no culpable y el víctimismo«

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