LA MALDAD

La maldad consiste en suponer que estamos mal hechos, que somos defectuosos, seres malos por naturaleza o por elección, perversos respecto a los demás o a nosotros mismos. Es origen de los procesos de inculpación hacia los otros y de culpabilidad en uno mismo.

 

Se supone que son y somos culpables porque siendo libres realizamos actos incorrectos por maldad, para perjudicar y hacer daño. También se encuentra en la base de la idea de injusticia: “me tratan de forma inmerecida e injusta porque son malos”.

 

Aunque vamos a analizar los tres procesos como diferentes, considero Maldad, Injusticia y Culpa (M.I.C) como una estructura única, con una raíz común y causa de emociones dolorosas, sobre todo el enfado. Es la losa más pesada que nos ha puesto encima la “Cultura del sufrimiento” para dificultar que el Ser del niño pueda emerger y crecer.

 

Juzgarse peor que los otros es uno de los actos de soberbia más violentos porque es la manera más destructiva de ser diferente” (Anónimo).

 

Nuestro concepto actual de maldad

Tiene su origen en la remota distorsión verbal del proceso natural de recibir un daño. Aquello que nos perjudica es considerado “dañino”. No porque lo sea en sí mismo, ya que puede ser beneficioso para otros o para nosotros en otras circunstancias. Al decir “es dañino” le atribuimos una naturaleza que no le corresponde. Y podemos seguir aumentando el error al interpretar lo perjudicial como “malo”, sólo porque nos causó mal en esa ocasión.

 

Un proceso similar de distorsión ha ocurrido con la maldad, el mal, el malo, lo malo, etcétera, al generalizar y considerar como esencial algún atributo circunstancial, también cometiendo los errores cognitivos de magnificación, denominación inexacta, generalización y abstracción selectiva, y cayendo además en algunas de las once ideas irracionales de Albert Ellis.

 

La maldad en la Naturaleza

No hay seres malos por naturaleza, estoy convencido de que no existe la maldad. Malo, en todo caso, es algo que se puede “hacer”, pero no se puede “ser”. Incluso el homicidio puede llegar a ser considerado como bueno, si lo realiza una persona vestida de uniforme y con la autorización de sus superiores en el contexto de esa locura que llamamos guerra.

 

Desde hace tiempo me ha parecido curioso que la maldad sea exclusiva de la Humanidad y no exista en el resto de la Naturaleza. Para convencernos de que estamos mal hechos, nos han transmitido culturalmente la idea de que los humanos somos los más tontos de todos los seres vivos y los únicos que poseemos maldad.

 

Un acto “dañino” en un animal, como en el caso del león, considerado el “rey de la selva”, que mata a las crías del macho dominante recién derrocado, o la mantis religiosa hembra que devora a su pareja nada más aparearse con ella, es considerado correcto, algo natural. El lobo mata ovejas y devora sólo algunas, por ello fue considerado un modelo de maldad, sobre todo en los cuentos infantiles. En la actualidad ya no se califica como malo, incluso es una especie protegida.

 

¿EL SER HUMANO ES EL ÚNICO «MALO»?

El daño al entorno sólo es valorado como signo de maldad en el humano, ya no se condena a ningún otro ser por hacerlo, sólo queda culpabilidad en nosotros. No existe maldad en la Naturaleza porque no hay posibilidad de juicio ni interpretación, en ella las cosas son como son, sin ser valoradas o criticadas. Enjuiciar es función del cerebro izquierdo humano socializado que separa bien y mal, que hace distinciones donde no las hay y cree tener capacidad para decidir qué es bueno y qué es malo.

 

Antes castigábamos a los animales cuando producían daño con su supuesta maldad, los juzgábamos y condenábamos. A veces con castigos físicos y otras con la muerte (elefantes, caballos, toros, perros, lobos, zorros,…). A medida que vamos comprendiendo a la Naturaleza, dejamos de criticarla y no la juzgamos. Espero que llegue el día en que seamos capaces de hacer lo mismo con nosotros y nuestros semejantes, que la maldad acabe siendo también excluida del ser humano, su último baluarte.

 

Es un concepto que se nos transmitió en la infancia para que nos estuviésemos quietos, sin alborotar, similar al del “coco”, la cigüeña que traía los niños de París o los Reyes Magos portadores de regalos, y que como estos conceptos, también debería desaparecer en el proceso de maduración del individuo. Confío en que así sea en el proceso de crecimiento de la Humanidad.

 

¿De dónde vendría nuestra supuesta maldad?

Si bien es cierto que algunas veces los humanos actuamos de formas dañinas, para otros seres o para la Naturaleza, en realidad, ¿es por maldad? ¿No será por egoísmo e ignorancia? Si aceptásemos la teoría de la evolución de las especies, ¿de dónde puede haber salido el gen que nos convierte en los únicos tontos y malos? Con los conceptos del karma, el pecado original y el inconsciente nos han trasmitido la idea de la maldad esencial del ser humano o de una parte de él.

 

Se supone que vamos arrastrando nuestra maldad a lo largo de las vidas sucesivas. Cuando se considera un “pecado” el hecho de existir, cualquier penalización o castigo están justificados, sólo por haber nacido. Una versión moderna es creer que tenemos una parte “inconsciente” que funciona por sí misma y aceptarla en nosotros como una zona perversa, capaz de cualquier maldad.

 

El niño tiene el deseo profundo de conocer la vida y su entorno, derivado de su egoísmo inmaduro e infantil. A veces catalogamos esa actitud como crueldad y maldad cuando él, desde su ignorancia, investiga sin conocimiento y puede llegar a producir daños diversos.

 

La maldad en nuestra sociedad

Este error de interpretaciones extendido a la edad adulta es la base del concepto de la perversidad del ser humano. Es el cimiento que soporta el miedo al Bienestar y la mayoría del sufrimiento de la Humanidad desde hace miles de años, siendo alimentado por la estructura social actual, a la que mantiene a su vez.

 

Esta sociedad que conocemos se desmoronaría sin el concepto de maldad-culpa, no se mantendrían las distintas formas de poder actuales y la manipulación reinante. Nuestro dios sádico actual es el consumismo, pues el aumento de malestar conlleva incremento del consumo como intento de aminorarlo,  aun sabiendo de antemano que es ineficaz.

 

¿A QUE LLAMAMOS MALO?

“Malo” tiene mil formas y nombres. Los adjetivos que utilizamos para crear diferencias entre nosotros, para encuadrarnos en grupos diferentes y alejarnos unos de otro, están sustentando las diversas formas de supuesta maldad, que podemos agrupar en:

 

  • Por decisión propia: injusto, culpable, malintencionado, perverso, malvado, maligno, malévolo, cruel, diabólico, odioso, taimado, retorcido, bellaco, truhán, malicioso, maldito, canalla, ladino, engreído, fantasma, estirado, orgulloso, pérfido, irresponsable, irrespetuoso, indigno, ilegal, antipático, inicuo, vil, ruin, ignominioso, infame, interesado, individualista, bruto, materialista, brusco,…

 

  • Por mal hecho o defectuoso, en el ámbito genético, familiar, social y personal: egoísta, tonto, bobo, idiota, imbécil, retrasado, atontado, alelado, estúpido, necio, memo, simple, iluso, vago, indolente, perezoso, inútil, absurdo, ingenuo, infeliz, enfermo, feo, ridículo, pasmado, nervioso, tímido, etcétera.

 

La “malvalía”

Las anteriores son formas de denominar como maldad-falta de valía (malvalía) a las diversas manifestaciones del egoísmo y la ignorancia, mezclados en distintas proporciones. Si es así, una forma de limpiar la “malvalía” será redefinir cada una de sus manifestaciones como lo que son en realidad, pues ya hemos dicho que egoísmo e ignorancia son características esenciales que no se pueden eliminar. Lo único que podemos hacer es evolucionar hacia formas más gratificantes de egoísmo e ir aminorando la ignorancia a través de la experiencia.

 

De nuevo la solución será permitirnos el aprendizaje a través de la prueba y el error, y desarrollar la responsabilidad-no culpable. Basta que acusemos a alguien de ser “malo”, en cualquiera de las formas M.I.C., para considerarnos superiores y situarnos por encima de él, con capacidad de juzgar respecto al bien y el mal, y así despojarle de sus atributos humanos y poder realizar y justificar todo tipo de atrocidades.

 

A los “malos”, aquellos que son diferentes a “nosotros los buenos”, hay que castigarlos o incluso exterminarlos, se los llame judíos, nazis, católicos, moros, protestantes, paganos, herejes, brujos, blancos, negros, chinos, gitanos, rusos, afganos, iraquíes, extranjeros, mujeres, varones, infectados…

 

La maldad es la excusa y justificación para que puedan seguir existiendo los poderes actuales, el consumismo, las guerras, la violencia, las masacres, la desigualdad, el hambre, las manipulaciones, las agresiones y las violaciones de todo tipo.

 

La maldad-culpa

El mantenimiento de la noción de maldad-culpa es lo que sostiene la mayoría de nuestros males. Este concepto es la invención más “rentable” de la Humanidad y lo que ha movido y mueve más energía y poder económico sobre la Tierra desde que apareció. Es como una cilíndrica “rueda de ardilla” donde nos coloca la sociedad para que demos vueltas en su interior originando sufrimiento continuo, sin salida.

 

Quizá por ello hayan sido eliminados aquellos que han intentado erradicar esta falsedad, bien suprimiéndolos, destruyendo su obra o haciéndolos dioses, para que sus mensajes fuesen de nuevo engullidos por la corriente de poder, tanto religioso como social y económico. Cristo cargó con la cruz del supuesto pecado de la Humanidad. Desde entonces nadie debería seguir llevando su cruz, aunque dos mil años después seguimos sin darnos cuenta de aquella “liberación”.

 

El concepto de maldad-culpa constituye el mayor atentado contra la Humanidad. Esta idea es un veneno enloquecedor preparado para intoxicar a cualquier humano, transformándolo en un ser susceptible de dañar a quienes en otro tiempo consideró sus semejantes o seres queridos y ahora cataloga como “malos” y, por tanto, no-humanos.

 

Aunque parezca extraño, con frecuencia sucede en las guerras, sobre todo civiles, en los repartos de herencias y en las competiciones deportivas, entre otros muchos ejemplos. La estructura social está continuamente fabricando “malos”. Divide y vencerás.

 

MALDAD Y MALESTAR

Tenemos que estar mal, tenemos que pagar continuamente una pena porque somos malos. Necesitamos un nivel de malestar permanente porque si nos atreviésemos a estar bien se podría liberar el supuesto monstruo de llevamos oculto en lo más profundo de nosotros, y sería terrible. Sufrir es como ponerle una cadena, pues mientras estemos mal tenemos la garantía de que nuestra maldad no se descontrola.

 

Cuando en vez de afrontarla, resolverla y eliminarla, no sólo la ocultamos o la proyectamos sino que la negamos en nosotros, la percibimos exagerada en el entorno en forma de “negación” y surge el odio a los malos: “cree el ladrón que todos son de su condición”, afirma el refrán popular.

 

Otro ejemplo, frecuente entre las mujeres, es la idea de ser “malas madres” al considerar que no atienden suficientemente a sus hijos, bien por llevarlos a la guardería, por dejarlos con familiares para ir a trabajar, a cuidar a otras personas o a acompañar a sus parejas. Creen que pueden provocar un futuro catastrófico para sus hijos – delincuencia, drogadicción, desgracias de todo tipo enormemente exagerados -, que les haría sentirse tan mal que no podrían soportarlo.

 

Este sentimiento de culpabilidad puede ser explotado por los hijos como fuente de manipulación (“me debes algo”) y motivar que se castiguen ellas mismas. Otro ejemplo de este error seria el sentimiento de no ser buenas o no valer como madres, por no haber sufrido los dolores del parto, cuando el nacimiento se ha producido por cesárea o se ha aplicado anestesia epidural.

 

Fabricamos nuestra maldad en la infancia

Confirmamos su existencia por el reflejo que percibimos en el exterior, nuestros actos “malos”: Me equivoco => Sufro =>  Me critico o culpo por hacerlo mal => Me castigo => Sigo igual, no aprendo, no mejoro. Culpar o culparnos es otra de las trampas circulares que constituye el núcleo, el origen de la esfera culpabilidad-inculpación, comienzo de la maldad.

 

El camino alternativo que planteamos sería: Me equivoco => Me doy cuenta => Asumo mi protagonismo por ignorancia => Responsabilidad-no culpable => Aprendo => Dejo de equivocarme.

 

Percibimos fuera lo que creemos tener dentro

La idea de M.I.C se mantiene a sí misma ya que, mediante la justicia, el castigo y la venganza, intentamos eliminar la maldad que percibimos fuera, creyendo que no podemos suprimir la de dentro. Esta “columna” que soporta las estructuras, tanto de la personalidad del individuo como de la sociedad, no se puede eliminar de golpe pues ambas podrían hundirse.

 

La duda es el camino para salir de una creencia, y éste será nuestro primer paso. Uno de los objetivos de este artículo es desenmascarar este concepto M.I.C y sus múltiples consecuencias. Si lográsemos eliminar esta traba de nuestra “maquinaria” mental, el proceso de aprendizaje se volvería a poner en marcha y el desarrollo, programado en nuestros genes desde hace miles de años, se llevaría a cabo.

 

Unamuno suponía que, en el proceso evolutivo, “el ángel trata de desprenderse de la piedra”. Para mí el humano es una mezcla de piedra y ángel, indivisa e indivisible y deliberadamente mezclada, o como decía mi hermano el Dr. Eugenio Herrero, “el humano es un hibrido de cerdo y ángel”. Unas veces fingimos ser ángeles, otras tememos descubrir en nosotros al “cerdo”.

 

No somos ni lo uno ni lo otro, las pezuñas son de cerdo no de diablo, y en esa unidad es donde el humano alcanza su grandeza y puede desarrollar su sentido vital en evolución, poseyendo a la vez alas y pezuñas. A veces olvidamos esa naturaleza híbrida, mantenemos como objetivo un modelo de perfeccionismo inalcanzable, angélico, condenándonos a una vida de sufrimiento. “Somos arboles grandes creciendo en macetas pequeñas”.

 

INJUSTICIA

Existe una “justicia” social, un acuerdo tácito entre los humanos para asignar a algunas personas y estructuras la capacidad de establecer orden en las relaciones humanas: los jueces y el sistema judicial, más o menos complejo en cada cultura. Pero fuera de este ámbito social no podemos considerar que exista injusticia. No existe el trato injusto sino desigual. ¿Existe maldad en la desigualdad? ¿Quién soy yo para juzgar o enjuiciar a un igual, para considerar “malo” a un semejante?

 

La desigualdad

Este tipo de supuesta injusticia procede de nuestra forma inadecuada de apreciar la desigualdad. Consideramos injusto que unos tengan mucho y otros poco, que unos mueran de hambre mientras otros tiramos los excedentes, etcétera. Sin embargo esas desigualdades, consideradas como injustas en algunas de sus expresiones, en otras ocasiones nos parece absurdo calificarlas como tales.

 

¿Es justo que el corazón esté trabajando todo el día mientras el estómago solo lo hace a ratos? ¿Qué los pulmones muevan aire limpio mientras las tripas manejan excrementos? ¿Qué algunos humanos midan 1,90 metros de estatura mientras otros sólo alcanzan 1,50? ¿Son sinónimos desigualdad e injusticia? ¿Quién define y determina lo que es justo y lo que no lo es?

 

El concepto “malo-culpable”

El concepto de injusticia o maltrato deriva de la consideración del ser humano como malo-culpable, un individuo que actúa así para perjudicar al entorno o a sus semejantes, cuando en realidad es sólo una forma que utiliza para intentar manipular a los que le rodean, para ejercer poder sobre los otros y así aminorar la propia angustia y el miedo.

 

Enlaza con el hecho de que la inculpación de los demás pretende resaltar su maldad para así atenuar nuestra supuesta maldad y culpa. “Me va a dar algo por tu culpa”. Socialmente se admite que el sufrimiento derivado de la culpabilidad es una “pena” que nos redime en parte de nuestro “pecado”.

 

CULPA Y SUS REQUISITOS

Consideramos culpable a quien produce un daño, con conocimiento del daño y con intención de dañar, los tres requisitos necesarios para que exista culpa.

 

Proyecciones

Con frecuencia el perjuicio que nos imputamos no existe como tal pues nos referimos a una supuesta lesión emocional que no es real. Nuestra prepotencia, en el sentido que de “puedo hacer daño a otros en sus sentimientos y emociones”, es un modo de fingir valía, de creer que tenemos poder sobre los demás (aunque en la práctica no lo ejerzamos sobre nosotros mismos), al considerar que nuestras emociones proceden del exterior, que nos las produce el entorno. Igual ocurre cuando consideramos a otro como autor de nuestro dolor emocional.

 

Cuando provocamos daño real a otro, en su persona o sus bienes, suele faltar alguno de los otros dos requisitos: no hubo intención de dañar o desconocíamos el perjuicio que íbamos a causar. Otras veces se acusa de malo a alguien, no por hacer daño sino por realizar mal una actividad, en cuyo caso se trataría en realidad más de ignorancia que de maldad.

 

¿Para qué producimos “daños”?

Alguna vez los humanos podemos perjudicar, con conocimiento del daño y de forma intencionada, por tanto, con los tres requisitos de la culpa. Si analizamos esas posibilidades veremos que la finalidad realmente no es dañar sino:

 

  1. Nuestro propio beneficio (egoísmo ladrón o manipulador), en el ámbito individual o social.
  2. Imponer nuestro criterio sobre los demás.
  3. Evitar un daño mayor en el terreno personal o comunitario.
  4. Castigar al “malo” y hacer justicia.
  5. Vengarse del “malo”, etcétera.

 

Con frecuencia estos actos se ejercen sobre otro ser “diferente”, al que previamente se ha “deshumanizado”, colocándole la etiqueta de inferior o malo. Así nos situamos por encima del otro, nos atribuimos la capacidad de juzgarlo y castigarlo. Incluso liberar a la Humanidad de seres “malos”: herejes, asesinos, líderes de otra ideología, etcétera, puede parecer un acto noble.

 

Egoísmo ignorante

En cualquier caso ese daño es consecuencia, bien de un trastorno mental, por tanto exento de maldad, o de un egoísmo ignorante, poco evolucionado, pero nunca de maldad o mala intención. No sabemos conseguir el mismo resultado beneficioso para nosotros sin perjudicar al otro. Si conociésemos otra manera de logarlo sin perjudicar a los demás, lo haríamos de esa forma menos dañina. Este proceso sólo puede ser investigado en uno mismo pues no podemos conocer la intención de los otros.

 

El individuo podrá ser juzgado socialmente y reconocida su responsabilidad en los perjuicios causados, procediendo a la restitución del daño como adecuada compensación social, y podrá ser educado, como ignorante que es, incluso apartado del entorno social para evitar la reincidencia, pero no castigado por ser  “malo”.

 

CREENCIAS DAÑINAS BÁSICAS (C.D.B)

En algunas “culturas salvajes”, como entre los aborígenes de África Central, Amazonas, Australia…, no existe el concepto de maldad-culpa. En ellas suele practicarse un rito iniciático en la pubertad que permite al individuo afrontar el miedo a la soledad, adquirir seguridad interior, consciencia de la valía por ser y por tanto eliminar los restos de las Creencias Dañinas Básicas que les pudieran haber transmitido en la infancia con fines educativos.

 

En nuestra cultura carecemos de un ejercicio similar en la juventud y casi nunca lo realizamos en la edad adulta. A nuestra sociedad le siguen interesando las víctimas, los individuos cargados de C.D.B. fácilmente manipulables, por ello caemos en esos errores (me culpan, culpo, me culpo) que se perpetúan, dando lugar a una sociedad o “Cultura del sufrimiento”, en la que se van perdiendo los valores internos (valía por ser) para ser sustituidos por el precio o la utilidad (valor por tener o por hacer).

 

Nos hemos convertido en nuestros peores enemigos: críticos y autoflageladores. De esta manera es más fácil comprar a cualquiera por un precio, generalmente bajo, pues desde la consciencia de la propia valía esto no sería posible. Los criterios adecuados basados en la seguridad interior, cuando se logran, son inamovibles. El mensaje que hemos recibido es que somos víctimas y verdugos, pues ni siquiera nos hemos planteado la opción de responsables-no-culpables.

 

Egoísmo y maldad

Una diferencia importante entre el egoísmo y la supuesta maldad es que ésta no tiene salida. Si hubiese alguien malo no se podría desarrollar. Por el contrario el egoísmo es evolutivo, nos permite crecer hacia el desarrollo y la mejoría, adquiriendo formas de egoísmo más evolucionadas, beneficiosas para uno mismo y el entorno. (para saber más sobre el egoísmo puedes leer aquí mi artículo «El desarrollo en el egoísmo del ser humano«)

 

El concepto humano-malo, no importan el nombre o la palabra con que se lo designe, nos inmoviliza y condena al sufrimiento indefinido, sin solución posible en nosotros mismos: es por eso que la buscamos fuera en forma de expiación, merito, perdón,…

 


FINALIDADES SOCIALES DEL CONCEPTO DE MALDAD-CULPA

  • Una es tener a los otros humanos sometidos, susceptibles de ser acusados, perseguidos y atrapados, dóciles y fácilmente manipulables por las estructuras de poder usuales.

 

  • Otra es crear separación entre nosotros: tú eres malo y yo soy bueno, en cualquiera de sus formas: diferente religión, color de la piel, sexo, ideología, origen, infectado…, para que nos distanciemos, opongamos, luchemos y así generamos sufrimiento y desunión, retardando la unidad, que no se puede evitar pero sí postergar, manteniendo la “cultura del sufrimiento” y sus beneficios de poder y económicos, para unos cuantos.

 

  • Una tercera es evitar que aprendamos de nuestros errores, pues la maldad-culpa, basada en el mecanismo de la proyección, impide el aprendizaje a través de la experiencia propia y nos mantiene repitiendo la equivocación, condenados a ser los únicos tontos de la Naturaleza, que reproducen el error de forma indefinida.

 

No podemos encontrar las culpas en nuestra historia personal y no existe posibilidad de maldad en nuestra genética y biología. Sin embargo, desde la más remota antigüedad, nuestra “civilización” considera que somos “malos” por el hecho de haber nacido.

 

La terrible idea de los humanos como “nacidos para sufrir” no nos deja salida. Si fuese cierta sólo nos quedaría la redención, el perdón por el mecanismo que fuese (méritos, arrepentimientos, penas, castigos…), sin posibilidad de protagonismo, sin responsabilidad no-culpable ni opción de aprendizaje y por tanto sin solución completa a partir de uno mismo.

 

Culpabilidad

No hemos asumido el concepto “ser humano-sin maldad”, y el de bueno lo solemos equiparar a tonto. En nuestra cultura no sólo se nos considera culpables sin que podamos demostrar nuestra inocencia, sino que no podemos ser inocentes pues se da por supuesto que nacimos marcados por el mal.

 

No se contempla la posibilidad del egoísmo e ignorancia inocentes. Este error quizá procede de la idea de un dios sádico que forma criaturas perversas para poder castigarlas y hacerlas sufrir o, como mucho, perdonarlas si se “portan bien” (¿cuál es el criterio?), nociones que para mí son inadmisibles e incompatibles con la de un Dios-Amor.

 

PASO HACÍA LA MEJORÍA

Mientras no desarrollemos el concepto “humano-sin maldad”, que nos cuesta concebir hasta en los niños, es difícil que podamos desprendernos de esa lacra social tan deshumanizadora y fuente de discriminación.

 

Como un paso hacia la mejoría podemos empezar a plantearnos lo siguiente:

  • ¿Para qué mantengo la creencia de mi propia maldad-falta de valía (malvalía) sin resolver?
  • ¿Qué utilidad creo que tiene para mí?
  • ¿Qué creo que consigo o evito manteniendo ese concepto entre mis creencias?
  • ¿Para qué creo que me sirve o qué amenazas atenúa?

 

CULTURA DEL SUFRIMIENTO

Los procesos a los que designamos como pena, lastima, compasión, pesar, preocupación, remordimiento, disculpa, pecado, arrepentimiento, perdón…, con frecuencia sirven para “hacer algo” cuando no sabemos o no nos atrevemos a hacer otra cosa más útil pero más costosa.

 

Como ejemplo, imaginemos un mendigo tirado en la calle que “me da lástima, me da pena, pobrecito”, pero al que no auxilio, pasando por su lado con malestar y sin ocuparme de ayudarlo. Esta actitud sirve para poder seguir igual, tanto respecto al entorno, que no mejora, como en el interior, donde permanece el sufrimiento inútil.

 

Podríamos empezar a usar términos exentos de sufrimiento y sustituir la palabra compasión (compadecer = padecer con) por la palabra “conamor (contracción de “com-pasión amorosa”), proceso que consiste en imaginarse al que sufre mejorando y ayudarle a mejorar, basándonos en que “sufre porque no sabe hacerlo mejor, y yo deseo colaborar en su aprendizaje y mejora”. De esta forma, con-amor, ayudo y disfruto.

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