EL TEMOR A LA MUERTE

Cualquier pensamiento que conlleva sufrimiento está conectado con el temor a la muerte. Esto mediante un encadenamiento de ideas cuyas asociaciones no son lógicas. En las fobias puede haber una conexión entre un ascensor o una araña y la muerte. Cuando una persona tiene este tipo de miedos, a lo que teme en realidad es a morir.

 

¿Nos hemos planteado alguna vez que cuando hablamos de “la muerte” en realidad nos referimos a “mi muerte«? Porque no tenemos miedo a la muerte en general, sino a MI muerte. Nos referimos a ella como un ser que existe, cuando sólo es un suceso, no una señora con una guadaña. ¿Y que es mi muerte? Si no he muerto nunca, ¿qué experiencia tengo de ella?

 

Mi fantasía sobre mi muerte

Creemos temerla por ser desconocida, aunque no podemos temer lo que no conocemos. Sólo es posible  temer aquello que imaginamos para rellenar ese vacío en la experiencia. Solemos inventar algo terrorífico sobre la muerte, igual que sobre la vida, pues los humanos somos expertos en angustiarnos. Pero el origen de ese malestar está en las cuatro Creencias Dañinas Básicas (C.D.B) (ver artículo Creencias que Dañan. Creencias que Sanan» – Pienso según creo).

 

Esas creencias convergen en la muerte como disolución del yo, otro proceso imaginario, también desconocido en la experiencia. Es decir, no tememos a “la muerte” ni a “mi muerte” sino a “mi fantasía sobre mi muerte”. Y cuando nos damos cuenta de que tenemos miedo de algo imaginario, podemos hacerlo frente, pues en el mundo de la fantasía quien gobierna somos nosotros.

 

LOS ORIGENES DEL MIEDO A LA MUERTE

Diversos investigadores, entre ellos A. Janov, afirman que el miedo a la muerte tiene su origen en la experiencia de nacimiento. Otros consideran que se remonta a recuerdos de la etapa embrionaria y fetal o a experiencias infantiles, o incluso de la edad adulta. En cualquier caso, ese temor es casi universal.

 

Desde hace muchos años en Psiquiatría sabemos que el origen de la angustia es el miedo a la muerte o a la locura como formas de “disolución del yo”. Hay quien dice: “¡No!, a mí la muerte no me da miedo, temo al dolor físico”. No es del todo cierto pues, en general, en el dolor físico, la enfermedad y el sufrimiento lo que tememos es morir de dolor, llegar a un punto de descontrol y suicidarnos o enloquecer al no poder soportarlo. No considero que el sufrimiento previo a la muerte realmente sea una forma de sufrimiento distinto al de la muerte. Es la muerte en sí, no es el dolor previo a la muerte. No es “que mal lo estoy pasando”, es “qué mal lo estoy pasando y no hay futuro”, “voy a morir de todas formas”.

 

A veces decimos temer la pérdida de un ser querido, el desempleo o la falta de valía. Pero cuando profundizamos en las raíces de estos temores encontramos ese miedo nuclear a la muerte entendido como “dejar de ser yo”.

 

LAS EMOCIONES NOS SEÑALAN LOS PENSAMIENTOS INADECUADOS

Como ya hemos afirmado en nuestro articulo Nuestro Ser Sabio Interior – Aprender a seguir nuestros propios criterios internos, las emociones son los avisadores fiables que nos señalan los pensamientos inadecuados.

 

Cuando miramos con el cerebro izquierdo –visión analítica, estrecha y restringida- y cometemos un error de pensamiento, el Ser Interno sabio, que se manifiesta a través del cerebro derecho, nos avisa con angustia. Es su lenguaje emocional, para ponernos de relieve lo incorrecto de esa idea.

 

El Ser sabio, por su naturaleza inmaterial, se sabe inmortal, imposible de ser destruido. Si le decimos en un pensamiento de estructura lógica: “vas a dejar de existir”, su queja es la más fuerte. La angustia es la más intensa y ante la que se rebela con más ímpetu, como aviso de lo inadecuado de esta idea. Esto por ser el planteamiento más erróneo, la mentira más grave y el insulto más ofensivo que podemos idear los humanos.

 

TIPOS DE MIEDO A LA MUERTE

Considero que hay tres tipos de muerte:

 

  • La muerte física como disolución del yo, es decir, después de la muerte no hay nada. Soy un cuerpo, no tengo nada más que materia, y cuando me muero la materia se descompone y desaparezco. La disolución del yo en la muerte física.
  • Hay otra muerte al que llamo mental. La locura, en la que enloquezco. Y sigo vivo, pero ya no soy “Yo”. Mi “Yo” ha desaparecido.
  • La muerte espiritual, que es que me muero, y después de la muerte lo que hay es un infierno, con un castigo permanente. O un cielo, que me da lo mismo. Porque si existe un cielo y un infierno, esto es jugárselo a los dados, a ver que me va a tocar a mí. Porque no tengo la garantía de haberme merecido un cielo. Entonces ese infierno temido, el castigo eterno, es otra forma de sufrimiento hasta la eternidad. Es peor todavía que las dos formas anteriores.

 

Hay miles de maneras  de dar forma a la muerte, yo las resumo en esas tres. Puede que haya alguna más, pero a mí me interesa entender qué es eso de la muerte. Entender que la muerte no es un proceso ajeno, sino que es mi propia muerte. Y si desmitifico mi propia muerte, me angustia mucho menos.

 

El miedo a la muerte siempre ha existido

Desde hace cientos de años sabemos que el sufrimiento y la angustia de los seres humanos se debe a la idea de disolución del yo. Al que puedo dejar de ser. Lo que pretendo no es acabar con este concepto. Pretendo buscar que tipo de muerte es la que me estoy inventando cuando tengo miedo a mi muerte.

 

Es la hipótesis que estoy planteando: No temo a la muerte sino a mi propia muerte. Y como no tengo experiencia de mi muerte me invento, fantaseo, construyo en mi fantasía una muerte terrorífica. Establezco un concepto de muerte terrible que es a la que temo. Y por eso llevo sufriendo toda mi vida. Todos estamos sufriendo por una fantasía a que llamamos muerte.

 

¿Cómo es que nos sentimos tan mal cuando pensamos en desaparecer, en dejar de existir? 

Para mí, sentirse mal cuando pienso en la muerte es una confirmación que el ser sabio me dice “¿qué te estás contado?” Este malestar que sufrimos cuando consideramos cualquier forma de disolución del yo es una afirmación de mi parte más sabia diciendo “pensamiento inadecuado”. Porque esa parte sabia de mí sabe que no es posible la disolución.

 

Como el criterio interior me parece lo más sabio que hay en mí lo atiendo, me encanta plantearme que probablemente su opinión es cierta. Realmente, las tres formas de muerte que consideramos tienen la disolución del yo. La locura es una forma de dejar de ser yo estando vivo. Y la condenación eterna es el sufrimiento infinito. Para mi está conectado también con la disolución del yo. Es una forma manipuladora de disolución del yo.

 

LA MUERTE DE LOS OTROS

Cuando estamos hablando de la muerte de seres próximos, de seres queridos, es otro problema totalmente distinto.

 

Cuando pienso en mi muerte tengo un solo miedo: la disolución del yo. Cuando veo morirse a otra persona tengo dos miedos. Primero tengo reflejado el miedo a mi propia disolución, pero también el miedo a perder. Es un miedo doble. Es decir, la muerte del otro recuerda mi propia muerte. Pero además sufro porque con esa persona tengo una relación de proyecciones mutuas, mutuamente dependiente.

 

Creo que esa persona me da cosas que son importantes para mí, imprescindibles en algunos casos. Y le doy cosas a cambio, de manera que cuando esta persona se muere bruscamente me curo, me sano de esa mutua dependencia. Sin embargo, lo vivo como una pérdida. Ya no puedo seguir proyectando sobre esa persona lo que a mí no me gustaba (me estás enfadando, me estás angustiando, me estas entristeciendo). Además dejo de recibir sus proyecciones con las que me sentía tan poderoso.

 

Muerte y pérdida

Realmente la pérdida no es la pérdida del otro ser humano. Estoy convencido de que cuando se muere un ser próximo, su muerte me importa muy poco. Para mí la tristeza cuando se va a producir la muerte de ese ser querido está basada en que considero esa muerte como una pérdida para mí. No es que la otra persona vaya a perder algo, es que yo pierdo. Entonces me puedo plantear que es lo que pierdo. Porque mi Ser Sabio me está diciendo que esto es un pensamiento inadecuado.

 

¿Cómo lo puedo abordar?

Considerando que no es pérdida.

 

  • Puedo mirar la parte triste: se muere y no lo voy a tener más.
  • Puedo mirar la parte alegre: que suerte que le he tenido durante todo este tiempo.

 

Y las dos cosas son igual de ciertas, y yo escojo. No estamos acostumbrados a echar de más, pero sí a echar de menos. Porque lo que nuestra cultura nos ha enseñado es eso.

 

Si de verdad amo a esa persona, probablemente me sentiré muy contento de que se haya muerto. Si amo de verdad a ese ser humano, no como un cariño por el que le quiero para usarle, que es lo habitual. Si lo que me interesa de verdad es ese ser humano, y creo que pasa una vida continuada, entonces me alegro por él.

 

Y no lo siento por mí, que he ganado su presencia durante todo el tiempo que hemos compartido. Ni lo puedo sentir por él, porque desde su totalidad del ser, ha escogido morirse y por tanto es una elección beneficiosa para él.

 

Nos creemos que el amor es la pertenencia

Por ejemplo, cuando una madre ama a su hijo lo que desea es que crezca, que se emancipe y se vaya a seguir su vida como ser humano adulto. La otra posibilidad, la más habitual, es la madre acaparadora, que quiere tener al hijo siempre con ella, y eso no es amor.

 

El amor es que deseo el crecimiento del otro ser. Lo deseo y participo en ese crecimiento, como ser humano. Cuando amo a una persona y esa persona se va, me siento bien.

 

LAS EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE

Son personas que han muerto y han sido resucitadas espontáneamente o por medios artificiales, que es lo habitual. Estaban censados en el 2008 veinticinco millones de personas que han sido resucitadas, por medios cardiológicos. Una gran parte de esas personas tienen experiencias similares. Hay poca variedad. Coinciden en lo mismo: que hay un túnel de luz y una sensación amorosa. Y eso produce muchísima satisfacción.

 

Eso quiere decir que tu Ser Sabio está de acuerdo con este planteamiento ¡No que sea cierto! Sino que ese planteamiento se acerca más al conocimiento profundo que ya tienes.

 

Las experiencias místicas

La plenitud sería la completud, la unión con la energía. De esto hay muchas experiencias de unos seres humanos a los que llamamos místicos. Estas personas que han tenido esa experiencia de plenitud dicen que es posible, que se da en vida. Sin necesidad de morirse. Y luego cuando vuelven a la separación tienen una tristeza profunda, y un ansia de volver a esa unión.

 

Lo que me importa es saber si hay vida después de la vida. Es decir, si cuando me muera, voy a seguir existiendo. Con eso ya tengo suficiente. Eso ya calma mi angustia.

 

PERMANECENCIA TRAS LA MUERTE

¿Existe el espíritu? ¿Es energía, es materia? ¿Sobrevive a la muerte?

 

El experimento de Gray Walter

Había demostrado que en el cerebro de una persona cuando decide realizar una acción, y un instante antes de llevarlo a cabo, se produce una corriente eléctrica. Esta corriente denominada “onda inductora”, vendría a ser la energía de la intención, del deseo, base de la psicoplasia.

 

Walter conectó un electroencefalógrafo al cerebro de un sujeto. Amplifico la señal y la acopio a un televisor, de manera que, cuando la persona iba a ponerlo en marcha, antes de apretar el interruptor, se encendía con su deseo. Así, a base de repetirlo, aprendió a conectar el televisor con sólo desearlo.

 

El experimento Delpasse

Delpasse realizó una experimentación basándose en el trabajo anterior realizado por Grey Walter. Se planteó que si el espíritu permaneciese tras abandonar el cuerpo, conservaría la memoria. De esta forma un sujeto entrenado podría repetir el experimento tras su partida. Consideró la muerte como una puerta por la que pasamos de un estado a otro, similar a aquellos arcos magnéticos de los aeropuertos.

 

Supuso que si marcaba la memoria con un conocimiento profundo, como el de conectar un televisor con el deseo, cuando muriese el sujeto, si conservase ese recuerdo, sonaría el avisador, se encendería el televisor para indicar que esa partícula de memoria habría pasado la “puerta” de la muerte. Que no había desaparecido en la destrucción corporal. La demostración de esta hipótesis tenía un inconveniente: precisaba formar en el método a personas próximas a su fallecimiento.

 

Delpasse explicó el experimento a algunos voluntarios que ya estaban entrenadas en técnicas de «bio-retroinformación» para bajar la tensión arterial. Les propuso que junto a la bio-retroinformación aprendieran a encender el televisor.

 

Al poco tiempo una de las voluntarias entró en coma, ya no tenía pensamientos voluntarios ni consciencia. Pero el dispositivo no se disparó, el televisor seguía apagado. Sin embargo, al morir, cuando tenía ya el E.E.G. plano, sí apareció la onda de conexión. Es decir, esa mujer cumplió su promesa de darles una señal de que había pasado a la muerte, y que seguía teniendo consciencia. Que seguía teniendo el conocimiento que había aprendido en la vida.

 

A este proceso lo denominaron efecto Delpasse. Demostró así que el espíritu no muere con el cuerpo. Existe una supervivencia de la memoria y de la consciencia más allá de la muerte física. (El Experimento Delpasse. J. Bedfor y W. Kensington, Editorial Martinez Roca)

 

ENTONCES, ¿ES MORIR EL FIN DE LA EXISTENCIA?

Nuestra experiencia dice que cuando alguien muere deja de estar aquí. Se queda frío, rígido, se descompone y al cabo de un tiempo los elementos de su cuerpo vuelven a la tierra. Nuestra experiencia no llega más allá y rellenamos ese vacío con nuestra imaginación terrorífica.

 

Pero podemos hacer otro planteamiento distinto y buscar qué sentido tiene la muerte. ¿Dejar de estar aquí significa el fin de la existencia? Puesto que toda representación interna es fruto de la imaginación de cada uno, podemos borrar y sustituir nuestra idea de la muerte por otra más agradable. “Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender”. Marie Curie

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